La meditación y el sueño del ´68

En 1968, los Beatles visitaron el Ashramde Maharishi Mahesh Yogi en Rishikesh,  ciudad también conocida como la Puerta del Himalaya. El grupo de Pop había acudido a un taller de Meditación Transcendental junto a unos sesenta participantes, entre ellos también Donovan, los Beach Boys  y otros músicos conocidos.  Fue la época del movimiento Hippie y del poder de las flores, del concierto de Woodstock y de  la película Easy Rider Un tiempo de aprendizajes revolucionarios,  de cambios profundos y de sueños atrevidos.

Los reportajes en los medios, que mostraban a John, Paul, George y Ringo con collares de flores, posiblemente fueran la primera gran oleada publicitaria a favor de las terapias orientales en occidente. Aun así, en aquellos tiempos de  la música psicodélica y de los viajes con LSD , la opinión pública reaccionó con escepticismo a una práctica mental que venía acompañada de líderes espirituales reencarnados y de rumores de Yoguis que levitan.

Con el tiempo, y conforme más personas se abrieron a experimentar técnicas de meditación, científicos de las universidades más diversas empezaron a interesarse por el tema. De modo que, a lo largo de las últimas décadas, numerosas investigaciones han indicado que la meditación tiene efectos positivos sobre la salud: Es un calmante natural que suaviza la experiencia subjetiva del dolor, y sirve para aliviar la depresión. Reduce la tensión arterial, el riesgo de diabetes  y de  infarto cardíaco. E incluso facilita la producción de anticuerpos, de modo que el sistema inmunológico resulta fortalecido.

Con todo ello, en nuestras latitudes,recién a principios de los años 1990  la imagen pública de la meditación empezó a mejorar. Fue el Dalai Lama,tal vez el líder espiritual más prestigioso del planeta, quien  emprendió una iniciativa que –tal vez sin querer- resultaría ser una estupenda estrategia de marketing. Junto a otros monjes tibetanos, empezó a cooperar con  neurocientíficos norteamericanos para verificar los efectos de la práctica Zen mediante técnicas de neuroimagen. Y, efectivamente: mientras los monjes practicaban el ejercicio diario, su cerebro desarrollaba actividades más allá de lo habitual.  Se incrementaba la emisión de ondas gamma, relacionadas con la agilidad mental y la memoria, y se intensificaba la actividad de las áreas cerebrales responsables de la empatía y de la sensación de felicidad.

Cabe mencionar que la meditación forma parte de las prácticas religiosas más diversas. De hecho, las técnicas meditativas y sus efectos son tan variopintas como las culturas de mundo. Así, los taoístas ejercen los movimientos suaves del Tai Chi para estimular la energía vital (o Chi) y su flujo por todo el cuerpo.  Los cristianos se arrodillan y hablan con dios para sentir su presencia y profundizar la confianza en lo divino. Y los budistas, por ejemplo, se sientan con las piernas cruzadas y centran la mente para buscar la experiencia de la sabiduría más allá del discurso racional.  Por otra parte, un estado meditativo puede surgir espontáneamente,y hasta inspirar ideas brillantes.Por ejemplo, al tomar una ducha, al mirar la puesta del sol o al disfrutar de una subida al monte. Son momentos que inducen la sensación del flow,  o “flujo”, ese estado también surge al meditar habitualmente, y añadiendo ingredientes como una respiración larga profunda  y el abandono a una actitud interior abierta y concentrada a la vez.  

Entrando al siglo XXI, la meditación cada vez  goza de mayor popularidad en occidente. Hoy día, puede desprenderse de las creencias religiosas y del esoterismo.  Y, en un mundo repleto de estímulos y prisas, satisface la necesidad de herramientas para afrontar mejor el estrés.   En consecuencia, más de una técnica de meditación  ha pasado a ser concebida como medida terapéutica para tratar las afecciones más diversas.

Meditando se abre la posibilidad de comunicarse con una fuente interior de energía y aguante. Se facilita la contemplación reflexiva y se entrenan actitudes mentales como la concentración o la empatía, y hasta puede inducirse un estado de éxtasis y placer, el samadhi, o nirvana. Pero los efectos de la meditación no sólo dependen de cada técnica en particular, sino que se producen en el contexto de las ideas y actitudes de quienes la practican. Así, la escuela del sufismo habla de “lidiar con la vida”,  los monjes Shaolin fusionan las ideas de la religión budista con las artes marciales de China y los sijes, o sikhs , por ejemplo, creen que su deber sagrado es defender a los débiles y proteger a los inocentes. Los hindúes, por otra parte, buscan dejar atrás el mundo material y conectarse con Brahman, la esencia de todo, que se encuentra en el universo entero. 

Los hijos de las flores del ´68, pioneros en popularizar las filosofías orientales en occidente,  soñaban con la paz mundial y con el amor libre. Y creían que esa utopía podría hacerse realidad al comunicarse muchos individuos con la mejor parte de su “Yo” mediante la meditación. Cabe duda, no obstante, de si las prácticas meditativas llegan a cambiar la personalidad de las personas, ya que las rigideces del carácter no se reblandecen fácilmente. Para poder modificar las creencias que están inscritas en nuestra coraza del carácter, y vivir tanto el propio ser como el entorno de una forma novedosa, es preciso adoptar puntos de vista que rompan esquemas. Ello supone adentrarse en terreno desconocido y, muy probablemente, necesitamos la ayuda incondicional y el apoyo empático de otros para atrevernos a dar semejante paso. En este sentido, quien se retira a un lugar recóndito, y se dedica a meditar durante toda la vida, tal vez tenga que renacer. Para seguir aprendiendo.



Flor meditativa

Fuente: Wikimedia Commons

La palabra en un mundo virtual

                En otros tiempos, todo el pueblo acudía corriendo para escuchar historias de hadas y dragones y, de paso, enterarse de las últimas novedades, cuando se corría la voz de la llegada del cuentacuentos. Los niños solían sentarse bien juntos en las primeras filas,  y una tensa espera daba volteretas por el aire. Sin apenas respirar, miraban aquel hombre de pico de oro vestido con  ropas curiosas.  Bastaba con la sutil muestra del juglar de querer destoserse, para que hasta los adultos se callaran y el silencio fuera tal que uno escuchaba el pálpito del propio corazón. Una y otra vez, fabulistas y cuentistas reinventaron la realidad a lo largo de los siglos. Algunas palabras se perdieron y otras nacieron. Hoy, los encantadores de serpientes están casi extinguidos  y apenas quedan cuentos para estrenar. Las noches compartidas y llenas de fantasía, que brillaban con la luz del fogón, se han sustituido por pantallas estériles.  Y, a menudo, solitarias. Las palabras valen cada vez menos, y han de recurrir a la imagen para poder persistir. En efecto, nuestra competencia lingüística, la piedra angular de nuestra capacidad de expresión y comprensión tanto verbal como escrita, corre un grave riesgo de extraviarse en el mundo virtual creado por los nuevos medios de comunicación.

                En la última década, el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) ha dado un salto vertiginoso hacia delante. La televisión tradicional va camino de convertirse en un relicto del pasado, dando lugar a dispositivos tecnológicos que permiten la interacción bidireccional sin límites de tiempo y espacio, como es el caso de Internet  y de los smartphones. Por otra parte, están los videojuegos, las  gameboys y las videoconsolas, cuyas imágenes animadas cautivan a  usuarios cada vez más jóvenes. “El típico adicto a este tipo de juegos, o junkie del joystick, es joven, inteligente y retraído y tiene entre quince y treinta años”, afirman  psiquiatras y psicólogos.  Y es indudable que esta triste realidad forma parte de las causas de las carencias léxicas y expresivas alarmantes de los alumnos, recogidas por los diversos informes PISA.

                Quizás esté mal visto cuestionar el valor de los avances tecnológicos. Al fin y al cabo, son fruto del conocimiento humano y simbolizan la evolución progresiva de nuestra especie. Sin embargo, sólo un número reducido de especialistas sabría construir un ordenador y la gran mayoría de las personas nos limitamos a apretar botones y teclas,  y a consumir lo que ofrece la pantalla. Quizás se considere una exageración augurar que, algún día no muy lejano, el ser humano podría llegar a subsistir sujeta al poder de las máquinas, en una sociedad con rasgos que se asimilan a los cuentos de ciencia ficción más estrambóticos. Pero es evidente que la transparencia de datos personales en el complejo mundo de las TIC no tiene nada que envidiar al Gran Hermano de la novela 1984. Luego, cabe plantear la posibilidad de que el argumento de la película Matrix, hilado en torno a la reducción del individuo a un objeto incomunicado cuyas vivencias son producto de una mentira virtual, podría alcanzar el mismo carácter premonitorio que la obra de George Orwell.

                Nadie puede ignorar los peligros que conlleva el potencial persuasivo de las TIC. La inauguración de diferentes clínicas especializadas  en el tratamiento de la adicción a Internet y a los videojuegos en los últimos años debería encender nuestras luces de alarma y motivar un mayor esfuerzo por el uso equilibrado de las nuevas tecnologías de la comunicación. “Hay jóvenes que no saben cómo hablar con alguien que tienen delante”, explica Keith Bakker, el director de la clínica para los adictos al videojuego de Amsterdam.  Es evidente que el abuso de las TIC  va de la mano del abandono por parte de los padres y de la falta de amigos. Las carencias comunicativas que resultan de esta  situación fácilmente darán pie a una pérdida progresiva de la capacidad comunicativa de la sociedad, que toma su punto de partida en los más jóvenes.

                Ante la preocupación por el futuro del lenguaje, la mirada se fija en las teorías sobre los mecanismos que contribuyen al aprendizaje y a la consolidación de nuestra competencia lingüística  como la condición sine qua non del proceso de nuestra interacción comunicativa. Existen opiniones muy controvertidas sobre este tema, que gira en torno al origen del lenguaje. Noam Chomsky, tal vez el lingüista más citado del siglo XX, representa uno de los puntos de vista más controvertidos.  Parte de la base de que el ser humano dispone de una gramática generativa, es decir, de unos conocimientos innatos sobre las reglas gramaticales y de la composición de palabras y frases. Esta herencia genética, según Chomsky, constituye la estructura básica de todas las lenguas. Otras teorías descartan el factor congénito y ven en la habilidad humana para crear idiomas la lógica consecuencia del pensamiento. Los estudios más recientes, en cambio, ponen un énfasis particular en la interacción social de las personas. Esta última concepción, que incide en la importancia del contacto con otras personas como base imprescindible de la calidad comunicativa verbal y escrita, es un denominador común de todas las teorías. Por consiguiente, un vez más se subraya la importancia que tienen los lazos afectivos para la calidad de nuestras formas de expresión.

Es obvio que las amplias posibilidades que ofrece la fotografía digital fomentan el potencial seductor de los nuevos medios de comunicación. Somos animales ópticos, como afirma el neuropsiquiatra italiano Federico Navarro, ya que un tercio de nuestras vías nerviosas están destinadas a los ojos.  Será por ello que, tan fácilmente, nos quedamos absorbidos por las pantallas que nos rodean y que invaden hasta los espacios más íntimos de nuestras casas. Internet, además de ofrecer imágenes y texto, permite establecer lazos comunicativos inmediatos con personas en cualquier parte del mundo. No obstante, si los contactos en la red no se complementan con una experiencia sensual y sensorial que abarca los cinco sentidos, serán superficiales e insatisfactorios.   En el mundo virtual reina el poder persuasivo de la imagen, poniéndose siempre en un primer plano, mientras que la palabra se queda atrás y, con ella, los aspectos cruciales para la comunicación humana:  el sonido de la voz, los estímulos del entorno, la sensación de  presencia y la cercanía.

                Ojalá sepamos cuidar la calidad de nuestras relaciones  y cultivar la riqueza del lenguaje, este tesoro de la humanidad, que durante mucho tiempo se veía como el producto del afán de compartir conocimiento. Pero no sólo la tecnología trae cambios. Según estudios bastante recientes, el habla no nació con la intención de perfeccionar ideas o inventos, sino del anhelo de atención, cariño y reconocimiento. En tiempos remotos de la edad del hielo, cuando las condiciones de vida eran increíblemente duras, los  hombres habían vuelto de la caza y la presa se había asado y compartido. La  hoguera chirriaba y el momento quería ser compartido, pero carecía de una herramienta de enlace. La necesidad de reafirmar la cohesión del grupo deseaba manifestarse, pero nadie sabía muy bien,  como expresarla. Entonces nacieron las primeras palabras. No expresaban conceptos de gran trascendencia. Sencillamente, representaban una forma bastante eficiente de cuidar las relaciones sociales: charlar un rato.  Porque la esencia de la condición humana necesita nutrirse compartiendo palabras. Tenemos mucha labia.

Un Paradigma del Planeta Feliz

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”, dijo Oscar Wilde. Pero, ¿qué es la felicidad? A esa pregunta, que desde siempre le preocupa al ser humano, la filosofía ofrece respuestas tan variopintas como las culturas del mundo. Así, ya en la antigua Grecia había posturas muy controvertidas respecto del tema. Mientras Aristoteles describió la felicidad como estado de autorealización ligado a la virtud, Epicuro propuso la búsqueda del placer, sobre todo espiritual. Y los estoicos opinaron que ser feliz supone ser autosuficiente y valerse por sí mismo sin depender de nada ni de nadie. La mayoría de las religiones, por otra parte, promete la felicidad mediante la unión con dios. De ahí que los cirstianos buscan la salvación, los musulmanes eligen el camino del creyente y los hindúes y budistas anhelan el Samadhi.

Con el paso del tiempo, la religión y la filosofía han venido a supeditarse a la ciencia en muchos ámbitos culturales. No es de extrañar, pues, que también la psicología y las neurociencias hayan empezado a estudiar las condiciones para ser, o sentirse, feliz.  En las últimas décadas, los investigadores han observado cuáles son los áreas cerebrales y los mecanismos hormonales relacionados con las emociones positivas, han medido las respuestas del cerebro a determinados estímulos y han realizado numerosas encuestas y experimentos.  Entre sus conclusiones destaca que, siempre y cuando las necesidades básicas estén cubiertas, las vivencias hacen más felices que la riqueza material. No obstante, uno de los pioneros de la Psicología Positiva, Martin Seligman, afirma que el término “felicidad” no es demasiado útil científicamente hablando. En cambio, propone los conceptos de la emoción positiva, la empatía con las personas y la entrega a las acciones que se realizan, así como ser consciente de su significado.  Una visión que ya se veía reflejada en una cita de Wilhelm Reich, psiquiatra y pionero de la sexología en los años 1930: “El amor, el trabajo y el conocimiento son las fuentes de nuestra vida. Deberían también gobernarla.”

Evidentemente, la busqueda de la felicidad es un motor importante de la actuación humana, de modo que incide también en las actividades económicas de una sociedad.  Sin embargo, para definir el grado de prosperidad de una nación, habitualmente se computan el producto interno bruto alcanzado y el crecimiento económico, ambos valores sumamente apreciados por la economía de libre mercado. Pero los tiempos cambian, y en los últimos años han surgido modelos que inlcuyen la felicidad en la lista de los indicadores del progreso. Destaca el Índice del Planeta Feliz (IPF), o Happy Planet Index (HPI), como único modelo que, además, considera la sostenibilidad al analizar el desarrollo de los paises. Califica la relación entre los recursos empleados y la huella ecológica por un lado, y el nivel de bienestar de las personas y la esperanza de vida por el otro. Según el creador del IPF, Nic Marks, el mayor logro de una nación reside en tener éxito creando vidas sanas y felices para sus habitantes, y que ese bienestar integral sea sostenible y posible en el futuro.  Los resultados del estudio, que en 2012 se realizó por tercera vez, da que pensar: en la lista de 152 países, EEUU se quedan en el puesto 115, España en el puesto 72 y Alemania en el puesto 56. Entre los diez primeros, por otra parte, figuran nueve países latinoaméricanos, ocupando Costa Rica el primer puesto por segunda vez consecutiva.

Desde luego, las estadísticas no pueden reflejar la realidad al cien por cien. Su resultado depende tanto del planteamiento de las preguntas como de la elección de los participantes de un estudio. No obstante, la creación del IPF podría marcar el punto inicial de un cambio de paradigma. Tal vez, en un futuro, la sobrevaloración del poder económico podría llegar a sustituirse por un mayor aprecio de la solidaridad, la cooperación y el intercambio. Y la sostenibilidad tan necesaria para hacer posible el bienestar físico, emocional y social a larga plazo podría cobrar la importancia que le corresponde.

A día de hoy, la visión que representa el IPF parece ser una utopía. El colectivo humano, que tan superior se ve a otras especies, aun no ha conseguido focalizar su inteligencia y sus habilidades en superar los problemas políticos, sociales, culturales y medioambientales del siglo XXI.  Todo lo contrario. Cueste lo que cueste, se mantiene el paradigma de la riqueza material como garante del bienestar. Paradójicamente, los omnipresentes esloganes publicitarios ya no describen los productos que alaban sino que hablan de vivencias positivas y divertimiento.

Dicen diversos investigadores que la felicidad se puede aprender.  Pero, ¿Quién nos puede enseñar a ser felices? Podríamos echar un vistazo al reino animal: Los monos Bonobo, por ejemplo, tienen un comportamiento social muy particular. A pesar de que su entorno natural se disminuya cada día por el tamaño de cuatro campos de futbol comparten su comida con extraños. Piden algo a cambio, eso sí: les encantan las caricias y los mimos. Y buscan estrategias para satisfacer ese deseo siempre que puedan. Un proceder inteligente, pues al compartir lo que tienen los monos Bonobo multiplican su felicidad .



Diseño: Matriot
Fuente: Wiki-Commons

Surfing Fukushima

Sitios clásicos de surf, rincones secretos y exquisitos… ¿Quién pensaría en una catástrofe nuclear al leer estas palabras? Aun así, las escribió un desesperado surfista en una carta al Surfers Journal después de que un Tsunami arrollara las costas del norte de Japón, y destrozara gran parte de la central nuclear de Fukushima.  Todavía se recuerdan las imágenes de la explosión de hidrógeno que dieron la vuelta al mundo tras el 11 de marzo de 2011. Y todavía resuena el grito de sorpresa unánime que alzaron políticos y lobbistas en todas partes ante el “inesperado poder de la naturaleza”.  Un exclamo, que fue agua para el molino de los medios de comunicación, que hablaban de “un accidente nuclear inevitable” causado por el “el mayor terremoto jamás registrado en Japón”.

Hablando de terremotos, sacar conclusiones comparativas acerca de su magnitud resulta complicado, ya que los métodos y las medidas para analizar la actividad sísmica se han ido modificando con el tiempo. Asimismo, no es por nada que la palabra “Tsunami” sea de origen japonés. En 1923, por ejemplo, el gran sismo de Kantó, que golpeó Tokio seguido por un Tsunami, destrozó cuatrocientas mil casas y mató a más de ciento cuarenta mil personas.  Y basta con echar un vistazo a la página web de la Agencia Meteorológica de Japón, y a su crónica de sismos, para convencerse de que los temblores de la tierra son habituales en el país nipón.  De hecho, los terremotos y los Tsunamis son tan asiduos que forman parte de la mitología japonesa. Los representa la figura del siluro gigante Namazu, que según se relata vive en el barro debajo de la superficie de la tierra. Como pez gato que es, Namazu se menea mucho. Cada vez que pega un coletazo, la tierra se agita terriblemente, y sólo el dios Kashima, que vela por el monstruo inquieto, puede impedir los temidos temblores. Continuamente, Namazu busca engaitar a Kashima y, en cuanto la deidad se despiste, ya nadie le protege a la gente nipona. Por eso, en Japón las señales de aviso que indican las rutas de evacuación en caso de terremoto llevan la imagen de un siluro.

Hablando del desastre nuclear más reciente, la planta de Fukushima fue diseñada por la empresa estadounidense General Electric pensando en fenómenos meteorológicos que son habituales en EEUU. Por ende, no estaba construida para hacer frente a terremotos o Tsunamis, sino para afrontar tornados y huracanes. La muralla de hormigón que separaba las instalaciones del Océano Pacífico ni siquiera alcanzaba seis metros. El Tsunami provocado por el terremoto del 11 de marzo de 2011, no obstante,  alcanzó más de catorce metros, y arrancó o destrozó las bombas del sistema de refrigeración en cuestión de minutos.  También tiró las puertas de las casas de fuerza abajo e inundó los sótanos donde se encontraban los trece grupos electrógenos de gasoil.  Al instante, doce de éstos quedaron fuera de servicio por un cortocircuito, y ya no se disponía de suministro eléctrico para los sistemas de refrigeración de emergencia. En consecuencia, fallaron otros sistemas, de modo que se produjo una explosión en el edificio del reactor 2, y luego la espectacular explosión de hidrógeno que destrozó los bloques que contenían los reactores 1, 3 y 4. Expertos sospechan que esa última explosión posiblemente podría haberse evitado. Según afirman, el sistema para la regulación de la presión no fue adecuado, ya que las válvulas de los depósitos de seguridad, que habitualmente han de soportar fuertes aumentos de presión, reventaron demasiado pronto.[1]

Según informa Greenpeace, ya durante la fase de construcción del complejo de Fukushima ingenieros japoneses criticaron las deficiencias de los sistemas para controlar el proceso de la fusión nuclear. Sin embargo, por no incrementar gastos, la operadora de las instalaciones, TEPCO (Tokio Electric Power Company), hizo caso omiso a las objeciones de los profesionales. Esa decision de ahorrar en medidas de seguridad seguramente fue favorecida por los convenios de responsabilidad civil por daños nucleares, que protegen a los operadores, los proveedores y los inversores de esta rama de la industria energética. Así, la mayor compañía eléctrica de Asia no disponía de un seguro adecuado para afrontar los costes de la tragedia atómica, que actualmente se estiman en unos 250 mil millones de dólares.  De modo que, a mediados de 2012, TEPCO fue nacionalizada para evitar su bancarrota y, una vez más,  los contribuyentes han de pagar la factura de un accidente atómico.

A día de hoy, y debido a su desastroso estado, la planta de Fukushima Dai-Ichi sigue en estado crítico, y contaminando el medioambiente. Así, a mediados de febrero de 2013, TEPCO informó de que un bacalao largo capturado en la zona contenía 510.000 bequereles de cesio 134 y de cesio 137.  Aunque en Fukushima sólo se liberara un pequeño porcentaje del potencial total, es el nivel más alto de contaminación radiactiva jamás detectado en pescado, y a 5100 veces mayor que los niveles máximos fijados por el gobierno japonés. Estimar la dimensión de las consecuencias de semejante desastre nuclear resulta prácticamente imposible, según afirma el experto en energía nuclear Mycle Schneider.  Lo mismo opina el médico francés Michel Fernex. Refiriéndose al siniestro nuclear de Chernóbil en el 1986, denota que muchos de los afectados ni siquiera han nacido a día de hoy. Los responsables políticos, institucionales y de la industria nuclear, sin embargo, hasta el momento apenas han apoyado las investigaciones sobre los efectos de las dosis bajas de radiación ionizante a largo plazo. De lo contrario, la Escala Internacional de Eventos Nucleares, que sirve para clasificar la gravedad de un accidente atómico, se basa la dimensión del impacto inmediato.

Hoy, en el norte de Japón, no sólo surfear es la memoria de un sueño.  Hay millones de personas que aún viven en zonas contaminadas, y  más de 160.000 refugiados nucleares que nunca volverán a sus hogares, a sus negocios o trabajos, a sus lugares preferidos. Poco se nota de ellos en Europa. Pero, aquí como allá, hay empresas e instituciones que siguen enriqueciéndose del irresponsable manejo del modelo energético más arriesgado que se conoce. Aquí como allá, sigue cuajando el marketing de ideas que vende el mito de la seguridad de la energía nuclear, y la creencia de que ese modelo energético es imprescindible. Tal vez sea así porque la vida gira en torno al consumo de energía en nuestra sociedad de la información. Que también es una sociedad del riesgo global, dispuesta a convivir habitualmente con las crisis ecológicas que provocan los diversos modelos energéticos. Hemos visto más de una vez que el precio del uso de la energía nuclear es impagable. Fukushima lo ha mostrado, al igual que lo muestran los desastres de Chernóbil, de Sellafield, y otros.  Definitivamente, ya es hora de darse cuenta de que la electricidad no sale del enchufe como por arte de magia, y de preguntar por las consecuencias de nuestros hábitos de consumo.  La foto publicada junto a la carta de Fukushima en el Surfers Journal lo recuerda de manera dolorosa. Muestra un surfista dejándose llevar por las deliciosas olas sin preocuparse por la central nuclear a sus espaldas. Sólo falta la famosa canción de los Bee Gees como música de fondo, aunque con letras distintas: Surfing Fukushima.


Kashima controla Namazu
Fuente: Wikimedia Commons

[1] Spektrum Direkt, Fukushima auch in Deutschland?, 30.7.2011, p. 6-10

 

Nota de la autora: Pido perdón por ofrecer tantos enlaces en Inglés, o Alemán. Resulta difícil encontrar alguna información en castellano.

La ilusión del fin de la propia historia

El presente marca el fin de nuestro desarrollo personal. Esa visión limitada, que cada día surge de nuevo,  parece ser una constante en la percepción de muchas personas.  Según un grupo de investigadores de la Universidad de Harvard, que entrevistó a más de diecinueve mil personas de todas las edades, nos resulta difícil prever los cambios de nuestra personalidad en un futuro. El estudio, coordinado por Jordi Quoidbach, planteó preguntas tan sencillas como “¿Cuánto pagarías para ver tu grupo favorito de música?” Comparó de este modo la percepción que los participantes tenían de su evolución durante la pasada década, de su estado en el presente, y de su supuesto desarrollo en la década venidera. Y llegó a la conclusión de que casi todos sucumbimos a la ilusión del fin de la propia historia. Así, hace diez años una persona habría pagado cien Euros para ver a Joe Cocker. Hoy, sin embargo, tan sólo estaría dispuesta a pagar cincuenta. Y dentro de diez años, posiblemente,  ya ni acudiría a su concierto.

Es común tener proyectos, deseos o anhelos, sean el trabajo fijo, el móvil más moderno o la pareja que compagina perfectamente. Pero no solemos preguntarnos si  lo deseado podrá satisfacer a la persona que seremos cuando por fin lo logremos.  Desde luego, sabemos que los gustos y las preferencias cambian a lo largo de los años. Pero nos resulta sumamente difícil predecir las influencias que incidirán en nuestra evolución personal. De modo que la mayoría de los entrevistados creía que, en el futuro, seguiría siendo la misma persona. Respecto del pasado, sin embargo, sí que se solían advertir todo tipo de cambios personales.

Cabe decir que esa incapacidad de prever el desarrollo personal no sólo está sujeta a la capacidad de contacto con el propio ser, o a la dificultad para reconocer las obligaciones y auto-exigencias que inciden en las decisiones que tomamos. También están las influencias sociales y las condiciones económicas. Y, desde luego, los mensajes mediáticos y publicitarios, que a menudo buscan inducir necesidades artificiales. ¿Quién hubiera pensado hace diez años que el precio de la vivienda volvería a bajar tanto? Con la llegada del Euro se había extendido una especie de euforia esperanzadora, e incluso muchos expertos en economía se aferraban a la fe en un crecimiento espectacular. Pero lo que creció fue la burbuja inmobiliaria, y la euforia pasó pronto a convertirse en angustia  colectiva. Tal vez por ello, casi nadie cuestionó  las condiciones descabelladas de los créditos hipotecarios, que llegaban a los cincuenta años de duración, y alcanzaban letras mensuales  imposibles de afrontar a la larga. Por un lado, la Ley de Hipotecas española mantenía bajo el riesgo para los institutos financieros. Por otro lado, para los clientes suponía  un factor de riesgo añadido: aunque el banco se apropiara de la vivienda en el caso de impago de la letra tendrían que seguir  pagando la hipoteca entera.

Sea en lo emocional, sea ante la situación social o económica: las experiencias del pasado son un condicionante fuerte de la actitud ante el presente y el futuro. Y como el miedo tiene una función protectora, y todo ser vivo lucha por sobrevivir, las vivencias que han inducido miedo o angustia tienen un poder particular. Ese mecanismo queda particularmente evidente en los momentos de crisis: una vez metido en el marrón, parece que nunca habrá salida. Sumergido en la desesperación del presente, el pensamiento catastrófico mata toda proyección constructiva, y la angustia ahoga la esperanza. Creándose así un círculo vicioso del que no se escapa fácilmente.

A la vez, toda crisis conlleva el potencial de provocar cambios, y hasta  transformaciones revolucionarias. Pero también podría reforzar la necesidad de mantener el estado actual, y la tendencia de apoyarse en aquello que promete seguridad y constancia porque siempre ha estado ahí.  En la fuerte crisis económica que estamos viviendo, de momento, lo más seguro es que las diferencias entre ricos y pobres seguirán aumentando, y lo más constante son las promesas engañosas de los tomadores de decisión política. Sin embargo, los cambios son posibles. Siempre ocurren, y siempre se promueven, transformaciones de la historia personal y de la historia social y política. La ilusión del fin da propia historia puede impedir que actuemos. Pero, más allá de las limitaciones y más allá del miedo al futuro, hasta podríamos apropiarnos de la historia. O, al menos, tomar un trozo de ella en nuestras manos.

Marea Ciudadana contra el golpe de los mercados

Iniciativa legislativa popular(ILP) de los Afectados por la Hipoteca (PAH)

 

¿Llegará el fin del mundo?

Otra vez más, el fin del mundo no ha llegado. En esta ocasión, una profecía maya apuntaba al pasado 21 de diciembre como momento de su aparición. Motivados por el espectacular anuncio, investigadores de diversos ámbitos  interpretaron los glifos mayas sobre el acontecimiento una y otra vez. Y concluyeron que la predicción no se refiere a un suceso al estilo del juicio final, sino a la vuelta del dios de la creación y la guerra, Bolon Yokte, que marcaría el final de una era y la creación de otra era nueva.

Los descendientes de los mayas aún hoy habitan tierras centroamericanas. Muchos de ellos son miembros del movimiento zapatista por una vida digna y auto-determinada.  Y el pasado 21 de diciembre dejaron claro cómo interpretan el auspicio de sus antepasados. Marcharon en silencio por las cinco capitales regionales de Chiapas, reafirmando así su decisión para luchar por el fin de un mundo que les impide vivir. Su comunicado decía:                                      

¿ESCUCHARON?

Es el sonido de su mundo derrumbándose.

Es el del nuestro resurgiendo.

El día que fue el día, era noche.

Y noche será el día que será el día.

¡DEMOCRACIA!

¡LIBERTAD!

¡JUSTICIA!”

En Palenque, Ocosingo, Altamirano, Las Margaritas y San Cristóbal de las Casas, decenas de miles de personas salieron a la calle. A pesar de la pobreza y la persecución que viven los pueblos indígenas, los zapatistas afirman haber escuchado el sonido de un futuro mejor. Hasta dicen estar mejor ya. ¿Y por aquí? ¿Qué es lo que escuchamos, y cuál es nuestra respuesta ?

El mundo tan complejo que es nuestro hábitat pide una percepción refinada. A la vez, es tan escandaloso que perturba los sentidos. No es de extrañar, pues, que cada vez resulte más difícil orientarse, y que los presagios del fin del mundo gocen de tal popularidad. El fin del mundo llegará, claro está. Algún día dejará de existir nuestro planeta azul. Y en la historia de la tierra la vida humana no será más que un granito de arena. Aun así, seguimos pasando por una transformación tras otra. Seguimos afrontando cambios fundamentales. Seguimos promoviendo revoluciones.

La revolución digital, por ejemplo, conlleva la modificación de nuestras habilidades sensoriales, sociales e intelectuales. Amenaza con el control y la manipulación de nuestras esferas más íntimas y, a la vez, abre nuevas posibilidades de información, de comunicación y de expresión.  Este blog quiere ofrecer un espacio para reflexionar sobre lo que es nuestro mundo, y lo que podría ser. De momento, las entradas serán esporádicas. Tocarán temas de los ámbitos más diversos, como la sociedad, el medioambiente, la ciencia, la salud, el crecimiento personal… y todo lo que (re-)surja.  Espero que te apetzca escuchar el eco de sus reflexiones.


Antiguamente, a la hora de convocar una reunión, los mayas soplaban un caracol.Por ello, hoy, las sedes de las cinco Juntas de Buen Gobierno (zapatista) se llaman “Caracol”.


Te avisaré cada vez que publico una aportación si me lo pides mediante un mail a correo@ruth-baier.info
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