Der Löwe an der Macht ´*`´*`´*`´`*´El león en el poder

El león en el poder

Su apariencia impresionante y su fuerza le han proporcionado el título de “Rey de los animales”. Pero el león es un ser que no ambiciona reino ni trono.  Es social, y vive en manada. Habitualmente, dos o tres animales machos protegen a la doble cantidad de hembras y a sus críos. Para asegurar el abastecimiento  de carne fresca, esa comunidad precisa hasta cuarenta kilómetros cuadrados por miembro adulto. Y expela a la descendencia masculina una vez que ésta ha alcanzado la madurez sexual. El desterrado se vuelve solitario. Merodea, tal vez se una con otros leones machos y no tiene coto de caza ni respeta los límtes de los cotos de caza de otros. Un día, sin embargo, se enfrentará al líder anciano de una manada. Las garras, los dientes y la fuerza física serán las armas en esa pelea de león a león que puede acabar siendo mortal. El vencedor gana la vida sencilla en una comunidad de leones. Una vida que anhela a cualquier precio.

El león con flotante melena es un símbolo popular de los soberanos humanos. Aun así, nuestros monarcas y jefes de estado suelen ser mucho más exigentes que el rey de los animales. La mayoría de las sociedades humanas se carcteriza por el desproporcionado poder de unos pocos sobre una gran mayoría. Además, el complejo cerebro humano tiende a relacionar el poder con la avidez por cosas que no se necesitan para vivir bien. Así, nuestra especie no sólo mata para sobrevivir, o para asegurarse de la persistencia de sus genes. En vez de vivir al día, como lo hace el Rey León, crea armamento cada vez más sofisticado y malgasta su inteligencia, supuestamente tan superior, en edulcorar las más diversas formas de crueldad. Es más, el hombre ha inventado la guerra. Y la guerra destruye la comunidad y expolia la vida de su valor. Se cobra un precio que el león jamás pagaría.

 

Der Löwe an der Macht

Seine imposante Erscheinung und seine Kraft haben ihm zum Titel „König der Tiere“ verholfen. Doch der Löwe ist ein Wesen, das weder Königreich noch Thron für sich beansprucht. Er ist sozial und lebt im Rudel. Meist schützen ein bis drei männliche Tiere etwa doppelt so viele Weibchen und deren Kinder. Um die Versorgung mit frischem Fleisch zu sichern, benötigt diese Gemeinschaft ein Revier von bis zu vierzig Quadratkilometern pro erwachsenem Mitglied. Und sie vertreibt den männlichen Nachwuchs, wenn er mit zwei bis drei Jahren geschlechtsreif  ist. Der Ausgestoßene wird zum Einzelgänger. Er streunt umher, schliesst sich vielleicht mit anderen Löwenmännern zusammen und hat weder ein Revier noch achtet er die Reviergrenzen anderer. Eines Tages jedoch wird er sich einem alten Rudelführer stellen. Pranken, Zähne und Körperkraft werden die Waffen sein in diesem Kampf von Löwe zu Löwe, der tödlich enden kann. Der Sieger gewinnt ein einfaches Leben in einer Löwengemeinschaft. Ein Leben, nach dem er sich um jeden Preis sehnt .

Der Löwe mit wallender Mähne ist ein beliebtes Symbol menschlicher Herrscher. Doch unsere Monarchen und Staatsoberhäupter sind oft weitaus anspruchsvoller als der König der Tiere. Die meisten der vom Menschen gebildeten Gesellschaften zeichnen sich durch die unverhältnismäßige Macht Weniger über eine große Mehrheit aus.  Zudem neigt das komplexe menschliche Gehirn dazu, Macht mit der Gier nach Dingen zu verbinden, die man nicht braucht um gut zu leben.  So tötet unsere Spezies nicht nur, um zu überleben oder den Fortbestand ihrer Gene zu sichern. Und anstatt in den Tag hinein zu leben, wie es König Löwe tut, schafft sie immer ausgefeiltere Waffensysteme und verschwendet ihre vermeintlich so überlegene Intelligenz darauf,  verschiedenste Arten der Grausamkeit schönzureden. Mehr noch: der Mensch hat den Krieg erfunden. Und Krieg zerstört die Gemeinschaft und raubt dem Leben jeden Wert. Er fordert einen Preis, den der Löwe niemals zahlen würde.

Quelle/ Fuente: Wikicommons
Autor: Rembrandt Harmenszoon van Rijn

La golondrina ante el abismo `*´`´*´`*´`*´`*´`*´´*´`*´`*´`*´`*´`*´`*´`*´`*´`*´`*´Die Schwalbe am Abgrund

La golondrina ante el abismo 

La golondrina, cuando abandona su hogar de barro en busca de comida, hace algo que a los humanos nos suele costar mucho. El caso es que el agujero que le abre paso al mundo es muy estrecho. Apenas es mayor que su pequeña cabeza. La golondrina lo ha dispuesto así al construir su casita para protegerse de posibles intrusos. De modo que no puede salir alzándose al cielo con las alas desplegadas. Todo lo contrario. Ha de apretar las alitas firmemente contra su diminuto cuerpo, afanarse por atravesar la puerta de su nido y dejarse caer al abismo. Cae con el pico primero y, sólo una vez que ha cogido carrerilla salvando una buena distancia, despliega las alas y se deja llevar por el viento.

El ser humano, con el fin de mantener alejados a supuestos enemigos, también construye una fortaleza difícil de abandonar. Por miedo a revivir las vivencias dolorosas del pasado creamos una coraza caracterial para suprimir emociones como la rabia, la tristeza, el asco, el miedo o, por ejemplo, el odio. Pero a la vida le gusta llamar a nuestra puerta, por más estrecha que sea. Y, a veces, nos quiere llevar, e  invita a descubrir terreno desconocido. Entonces, el miedo a volver a sufrir nos puede cerrar el paso. El riesgo, en ese caso, consiste en no arriesgarse. ¡Tomemos la golondrina como ejemplo! Una buena dosis de confianza en un@ mism@, y el valor para dejarse caer, pueden permitir el libre vuelo. Para descubrir nuevas perspectivas, y enriquecer la vida.

 

Die Schwalbe am Abgrund

Wenn die Schwalbe ihr Lehmnest auf Futtersuche verlässt, tut sie etwas, das uns Menschen sehr schwer fällt. Denn  das Loch, welches ihr Zugang zur Welt verschafft, ist sehr eng. Kaum grösser als ihr kleiner Kopf ist es. Die Schwalbe hat dies beim Hausbau selbst so eingerichtet, um sich vor möglichen Eindringlingen zu schützen. Deshalb kann sie sich beim Herauskommen nicht mit offenen Flügeln zum Himmel aufschwingen. Ganz im Gegenteil. Sie muss die Flügelchen fest gegen ihren winzigen Körper pressen, sich durch den Ausgang ihres Heimes zwängen und sich in den Abgrund fallen lassen. Sie fällt mit dem Schnabel zuerst, und hat sie dann Anlauf genommen indem sie eine beträchtliche Strecke zurückgelegt hat, entfaltet sie ihre Schwingen und lässt sich vom Wind tragen.

Auch der Mensch baut eine Festung, die schwer zu verlassen ist. Wir fürchten, schmerzliche Erlebnisse der Vergangenheit erneut zu erleben und schaffen einen Charakterpanzer, der Gefühle wie Wut, Trauer, Angst, Ekel oder Hass unterdrücken soll. Doch das Leben klopft gern an unsere Tür, so klein sie auch ist. Und manchmal will es uns mitnehmen und lädt ein, unbekanntes Gebiet zu entdecken. Dann kann die Furcht, von Neuem zu leiden, uns den Weg versperren. In diesem Fall besteht das Risiko darin, nichts zu riskieren. Nehmen wir die Schwalbe als Beispiel! Eine gesunde Portion Selbstvertrauen und der Mut, sich fallen zu lassen, können den freien Flug ermöglichen. Um neue Blickwinkel zu entdecken, und das Leben zu bereichern.

Quelle/Fuente: Wikicommons

 

 

 

 

El legado de Leetso

La herencia nuclear en el país de los Navajos

Entering Navajo Nation dice un cartel de carretera entre Farmington y Window Rock, en el país de las cuatro esquinas donde lindan Arizona, Colorado, Nuevo México y Utah. Entrando en la Nación de los Navajo, el pueblo indígena más numeroso de EE.UU, ya apenas se ven casas de piedra. Tampoco hay avenidas al estilo del salvaje oeste, que caracterizan muchas aldeas y ciudades en otras partes del suroeste estadounidense. En lugar de ello, se abre un extenso vacío. Humildes hogares resisten a sol y viento en llanuras desprotegidas y, aquí y allá, una casa remolque o de madera se acurruca en las faldas de una formación rocosa intrépida. A menudo, una caravana o un tráiler acompañan las viviendas solitarias. Y al lado del corral de ovejas aparcan coches veteranos y todoterrenos más jóvenes dando fe de que varias generaciones habitan el recinto.

“Los Navajo son amantes de la belleza del paisaje y de las buenas vistas. Encuentran extraña la afición del hombre blanco por las viviendas ostentosas”, relata Tony Hillerman, un escritor de novelas policiacas galardonado con el Premio para para los Amigos especiales de los Dineh. “Dineh” es el nombre original de los de los Navajos. Quiere decir “pueblo de humanos”, y también comprende el modo de vivir y pensar, así como el idioma, de esa tribu conocida en el mundo por su arte de la joyería. Diné Bikéyah (“El país de los Dineh”) es la más extensa de las reservas indias de EE.UU.  Se extiende por unos setenta kilómetros cuadrados de la Meseta del Colorado, del Gran Cañón al norte hasta Arizona Central en el sur. Alberga alrededor de doscientos cincuenta mil personas, e incluye la reserva de los Hopi con unos doce mil individuos. Uno de sus paisajes más emblemáticos es el Valle de los Monumentos, donde John Wayne, la famosa estrella vaquera de Hollywood, cabalgaba sembrando el odio contra los nativos americanos.

  Los guías de viaje recomiendan tomar cuatro litros de líquido al día en las tierras áridas de la Meseta del Colorado, donde las montañas cubiertas de nieve se consideran sagradas, pues la nieve es agua, y el agua trae bienestar. A pie de carretera, antiguos puestos de comercio aguardan al viajero. Y forman parte del paisaje numerosas ruinas milenarias, aun habitadas del espíritu de los Anazasi, posibles antepasados de los Hopi y de los Dineh.   El legado histórico salta al ojo en todas partes, y desvía la atención de otro tipo de herencia del pasado. Así, detrás del popular hotel de carretera Cameron Trading Post se esconde una planta de reciclaje de uranio abandonada. Y algo aparte del camino de tierra que atraviesa el monumento nacional Wupatki, una región de cerca de dos mil seiscientos yacimientos arqueológicos, se hallan pozos de minas de uranio abandonados. Son parte de los más de mil pozos abandonados que la ONG Forgotten Navajo People (“Pueblo Navajo olvidado”) ha contado en la zona. Y se suman a los alrededor de tres mil pozos perforados en busca de uranio en el Monumento de la Naturaleza del Cañón de Colorado, donde el Gobierno estadounidense puso en moratoria la apertura de nuevas explotaciones a partir 2012,  quedándose las minas ya existentes en el Parque Nacional exentas de la veda.

Ya a principios del siglo veinte, Marie Curie usaba el radio proveniente de la Meseta del Colorado para sus investigaciones. Algo más tarde, en los años cuarenta del mismo siglo, la minería masiva llegó a la región con el Proyecto Manhattan, que perseguía el fin de construir la bomba atómica antes de que lo hicieran los nacionalsocialistas alemanes. No hubo audiciones públicas ni medidas de protección medioambiental o de seguridad y, entre 1944 y 1986, la Peabody Coal Company  y otras compañías energéticas extrajeron cerca de cuatro millones de toneladas de uranio de las tierras de los Dineh. El Gobierno estadounidense, como cliente solvente y poderoso, fomentaba la explotación, declarando la región finalmente como Área Nacional de Sacrificio (National Sacrifice Area) a principios de los años 1980.

 “Llegaron, y empezaron a excavar sin decir nada. Y nunca pidieron permiso,” recuerda Elsie Tohannie. La anciana Dineh vive en Black Falls, una región particularmente contaminada. La alta radiactividad en la zona no sólo se debe a los más de cuarenta años de explotación minera. También es consecuencia de los ensayos nucleares en los desiertos de Nevada y Nuevo México a partir de 1945, que produjeron una extensa caída de cenizas radiactivas. Y del derrame del molino de uranio de la United Nuclear Corporation en Church Rock, en 1979, que junto al accidente en la central nuclear de Three Mile Island se considera el desastre nuclear más grave de la historia de EE.UU. 

A mediados del siglo veinte, el bajo índice de cáncer entre los Dineh fue objeto de un artículo científico titulado “La Inmunidad contra el cáncer entre los Navajo”. A día de hoy, no obstante, muchos miembros de la tribu han muerto víctimas del cáncer. Y las malformaciones y la muerte prematura de niños recién nacidos, así como las enfermedades renales, la leucemia y los tumores malignos de los órganos sexuales, superan la media estadounidense. A pesar de ello, el Acuerdo sobre la Recompensa de los Afectados por la Radiación (Radiation Exposure Compensation Act/RECA) sólo incluye a los trabajadores de minas y molinos de uranio y sus descendientes. Otras personas afectadas por la contaminación nuclear se denominan downwinder. Ese término viene a decir “a sotavento” del riesgo nuclear, y hace referencia a la suposición fomentada por la Lobby Nuclear de que la exposición prolongada a dosis relativamente bajas de radiación ionizante no tiene ningún efecto dañino sobre el organismo viviente.

“Para las empresas mineras, los Dineh eran como el canario en el pozo minero”, dice Marsha Monestersky, la secertaria de Forgotten Navajo People. “Cuando empieza a faltar aire, el pájaro se muere primero y toca la retirada.”  Pero la retirada resulta difícil en Diné Bikéyah, porque “allí donde el cordón umbilical está enterrado se encuentra el hogar de la persona”.  Tal vez por ello, los nómadas de antaño permanecen en viviendas a varias millas de la carretera, donde a menudo no hay ni agua ni luz eléctrica. El Río Colorado pasa cerca, pero sus aguas se llevan a ciudades como Las Vegas o Phoenix. Así, alrededor del treinta por ciento de la población de la reserva recurre a fuentes que no están reguladas. Beben su agua aunque sea radiactiva, se la dan al ganado y la usan para regar los campos. Por eso, Ronald Tohannie, el responsable del Proyecto de Agua de Black Falls, lleva agua potable a los hogares alejados. Su camión, que Forgotten Navajo People compró con dinero donado por un grupo eclesiástico de California, tiene una capacidad de unos dos mil litros. “Los amortiguadores sufren mucho,” dice Tohannie, “y a veces el vehículo se avería.” Por eso, arregla coches, y con el dinero que gana cubre los gastos en repuestos y gasolina.

Recién en el 2005, el Gobierno de la Nación de los Navajo prohibió la minería de uranio en sus tierras, donde se habían acumulado alrededor de cien millones de toneladas de basura nuclear. Unos años después, en 2008, la Agencia de Protección Medioambiental de EE.UU (Environmental Protection Agency, o EPA) aprobó un plan de cinco años para limpiar Diné Bikéyah de los residuos radiactivos en cooperación con la Agencia Medioambiental de la Nación de los Navajo (Navajo Nation Environmental Protection Agency, o NNEPA).    Desde entonces, más de ochenta casas contaminadas se demolieron y reconstruyeron, la infraestructura para proveer a la población de agua potable se amplió y se retiraron decenas de miles de toneladas de suelo contaminado. Aun así, la evaluación oficial de las medidas, publicada enero de 2013, concluye que “es preciso seguir la labor por reducir los riesgos medioambientales y de salud”, y que “hacen falta soluciones a largo plazo para los problemas relacionados con uranio que permanecen en el país de los Navajos”.

Dado que el setenta por ciento de los recursos de uranio que siguen sin explotar en el planeta se encuentra en tierras indígenas, la cumbre mundial de pueblos indígenas exige desde hace años la prohibición de la extracción de minerales que contengan uranio en todo el mundo. A día de hoy, las minas de uranio siguen siendo terreno desconocido en el mapa de los riesgos que conlleva la energía nuclear. A menudo, se encuentran en regiones poco pobladas, y se explotan sin ningún tipo de medidas de protección. Pero los pozos, molinos y depósitos desprenden sustancias tóxicas como el radón, que ni se huele ni se ve, y cuando una mina se abandona, los basureros de residuos radiactivos suelen permanecer en el lugar. Una vez extraído el mineral, de la molienda resulta un polvo amarillo que la  industria nuclear bautizó con el nombre Yellow Cake, o “bizcocho amarillo”. Los Dineh, sin embargo, lo llaman Leetso, “mugre amarilla”. Para ellos, Leetso forma parte del monstruo que ven en la energía nuclear. Un monstruo que debe matarse, porque representa “la extrema falta de respeto que muestra la sociedad industrial moderna por aquello que las sociedades indígenas aprecian y cuidan: la Madre Tierra y la Gente-de-cinco-Dedos”. Y Hozho, hacer elecciones constructivas que reafirman la vida, y curan de las intenciones y decisiones destructivas para uno mismo y para los demás.

Coche en el desfile del Western Navajo Nation Fair (Tuba City, Arizona)

Project Pueblo – al servicio de zonas empobrecidas

Project Pueblo es una organización estudiantil y de voluntarios que trabaja para obtener fondos y prestar servicios para zonas empobrecidas. Actualmente, apoya sobre todo el Bennett Freeze Área. Durante más de medio siglo, el así llamado Bennett Freeze prohibía cualquier tipo de obra de construcción en un área de unos 810.000 hectáreas de la Reserva de los Navajos. Viviendas se quedaron se renovar sus techos, y escuelas sin caminos de acceso.  La orden, abrogada por Barack Obama en 2009, debe su nombre al comisario de la Oficina de Asuntos de Nativos Estadounidenses (Bureau of Indian Affairs), Robert Bennett, sobre una región objeto de disputa entre las tribus Navajo y Hopi. Esa región, además, sufre de las consecuencias de la minería de uranio. Project Pueblo copera con Forgotten Navajo People, que lleva luchando contra la injusticia y la pobreza desde hace veinte años.

http://www.projectpueblo.org/

 

Marketing de guerra, venta de ideas

A mediados de septiembre, el informe de los inspectores de la ONU sobre un supuesto ataque con gas Sarín en la localidad de Ghouta, en Siria, estaba pendiente de salir. Estados Unidos y Rusia, no obstante, ya se apresuraron a instar a Damasco a entregar su arsenal de armas químicas a la comunidad internacional. Una semana más tarde, el presidente sirio Bashar al Assad se comprometió a cumplir con el acuerdo promovido por Rusia y Estados Unidos para destruir el arsenal químico de su país. Entre tanto, el ruido mediático ahogaba las voces que dudaban de que fuera el gobierno sirio quien ordenara el ataque con armamento proscrito internacionalmente.  

La amenaza de una guerra de ataque contra Siria promovida por Estados Unidos ha provocado un bombardeo de noticias. Los titulares, que apuntan directamente a las áreas cerebrales responsables del miedo y de la emotividad del receptor, son de fuerte impacto. Se graban en la imagen de la realidad del individuo y, sin que éste se percate de ello, pueden alterar su capacidad de juicio considerablemente. De ese modo, se produce  una dinámica de repetición y propagación masiva. Los interesados en vender el cuento de que Siria es “el malo”, mientras Rusia y Estados Unidos son “los salvadores” sólo tienen que invertir un primer impulso. Y los mass media, en manos de empresas multinacionales al servicio del nuevo orden mundial, son los más dispuestos multiplicadores de ese marketing de ideas. Que es marketing viral, contagioso por basarse en la ansiedad de titulares notorios. Y es marketing de guerrilla por disfrazarse de “información imparcial”a la vez que manipula la psique humana en vez de facilitar un juicio con criterio.

Es cierto que Siria pertenece al grupo de los cinco países que no han ratificado la Convención sobre Armas Químicas. Pero también es un hecho que muchos de los países que la han firmado, y ratificado, siguen disponiendo de  armamento de destrucción masiva de ese tipo. La situación actual, no obstante, resulta difícil de averiguar: el último informe sobre las instalaciones declaradas e inspeccionables en los 189 países firmadores de la Convención se refiere al año 2009.  Lo que sí se sabe es que naciones partes de la convención -como Estados Unidos, Rusia, India, Iraq y Albania- han declarado poseer armas químicas.

Al introducir “arma química” y “producción” en Google aparece un sinnúmero de enlaces relacionados con el ataque de Ghouta, pero no se encuentran índices que aclaren la proveniencia del gas Sarin. Quien procede a la búsqueda en alemán, no obstante, enseguida encuentra un artículo del semanal “Der Focus que nombra la empresa multinacional Monsanto, del grupo Rockefeller, como mayor productor de gas tóxico del mundo. Monsanto, junto a empresas como Dow Chemical y otras, lleva trayectoria como proveedor de armas de destrucción masiva: también produjo el Agente Naranja (Agent Orange), que EE.UU usaron para destrozar selvas y campos durante la guerra de Vietnam. El gas Sarín, por otra parte, fue inventado por científicos que trabajaban para la IG Farben en la Alemania nacionalsocialista, una conglomeración de compañías químicas que también poseía la patente del Zyklon B, el gas tóxico de los campos de concentración alemanes.

A principios de los años 1990, el gobierno estadounidense fue acusado, junto al gobierno británico, de apoyar el programa de armas químicas y biológicas de Irak mediante la venta de productos químicos y de tecnología.Irak, en cambio, ha empleado armas químicas de forma masiva durante la  guerra contra Iran entre 1980 y 1988 según informa la revista “The Non-Proliferation  Review.   Así, el 16 de marzo de 1988, aviones de las fuerzas aéreas iraquíes atacaron la localidad kurdo iraquí de Halabja  con gas mostaza, sarín y otros agentes nerviosos.   Murieron miles de personas, pero la comunidad internacional cubrió la masacre con un velo de silencio. La mayoría de las víctimas eran de origen curdo, un pueblo sin país que no tiene lobby en los gremios internacionales. Por otro lado, Rusia fue acusado de emplear armas quimicas durante la guerra de Chehencia. Y, en 2002,  fuerzas rusas de operaciones especiales emplearon gases tóxicos para  liberar los rehenes de un comando checheno que había ocupado un teatro moscovita.

Evidentemente, sobre todo los así llamados países “desarrollados”, pero también potencia como Rusia o China, disponen de la tecnología y de los medios necesarios para producir armas de todo tipo. La volatilidad de las noticias mediáticas, que borra el recuerdo de guerras y crímenes contra la humanidad pasadas, beneficia ese negocio con la muerte y la crueldad. Y el marketing de ideas, que en occidente ha venido a reemplazar la propaganda bélica de otros tiempos, en un abrir y cerrar de ojos vende una guerra de ataque cruel e inhumana como guerra de defensa limpia y estética, cuyos “daños colaterales” son de menor importancia. Pero ninguna guerra es “limpia”, cada “daño colateral” destroza una vida con sus amores, sus sueños y añoranzas, sus pesares y miedos, y toda guerra destapa las caras más sucias y terroríficas del ser humano, y de la humanidad.


Símbolo de armas químicas de destrucción masiva

 

 


Un Paradigma del Planeta Feliz

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”, dijo Oscar Wilde. Pero, ¿qué es la felicidad? A esa pregunta, que desde siempre le preocupa al ser humano, la filosofía ofrece respuestas tan variopintas como las culturas del mundo. Así, ya en la antigua Grecia había posturas muy controvertidas respecto del tema. Mientras Aristoteles describió la felicidad como estado de autorealización ligado a la virtud, Epicuro propuso la búsqueda del placer, sobre todo espiritual. Y los estoicos opinaron que ser feliz supone ser autosuficiente y valerse por sí mismo sin depender de nada ni de nadie. La mayoría de las religiones, por otra parte, promete la felicidad mediante la unión con dios. De ahí que los cirstianos buscan la salvación, los musulmanes eligen el camino del creyente y los hindúes y budistas anhelan el Samadhi.

Con el paso del tiempo, la religión y la filosofía han venido a supeditarse a la ciencia en muchos ámbitos culturales. No es de extrañar, pues, que también la psicología y las neurociencias hayan empezado a estudiar las condiciones para ser, o sentirse, feliz.  En las últimas décadas, los investigadores han observado cuáles son los áreas cerebrales y los mecanismos hormonales relacionados con las emociones positivas, han medido las respuestas del cerebro a determinados estímulos y han realizado numerosas encuestas y experimentos.  Entre sus conclusiones destaca que, siempre y cuando las necesidades básicas estén cubiertas, las vivencias hacen más felices que la riqueza material. No obstante, uno de los pioneros de la Psicología Positiva, Martin Seligman, afirma que el término “felicidad” no es demasiado útil científicamente hablando. En cambio, propone los conceptos de la emoción positiva, la empatía con las personas y la entrega a las acciones que se realizan, así como ser consciente de su significado.  Una visión que ya se veía reflejada en una cita de Wilhelm Reich, psiquiatra y pionero de la sexología en los años 1930: “El amor, el trabajo y el conocimiento son las fuentes de nuestra vida. Deberían también gobernarla.”

Evidentemente, la busqueda de la felicidad es un motor importante de la actuación humana, de modo que incide también en las actividades económicas de una sociedad.  Sin embargo, para definir el grado de prosperidad de una nación, habitualmente se computan el producto interno bruto alcanzado y el crecimiento económico, ambos valores sumamente apreciados por la economía de libre mercado. Pero los tiempos cambian, y en los últimos años han surgido modelos que inlcuyen la felicidad en la lista de los indicadores del progreso. Destaca el Índice del Planeta Feliz (IPF), o Happy Planet Index (HPI), como único modelo que, además, considera la sostenibilidad al analizar el desarrollo de los paises. Califica la relación entre los recursos empleados y la huella ecológica por un lado, y el nivel de bienestar de las personas y la esperanza de vida por el otro. Según el creador del IPF, Nic Marks, el mayor logro de una nación reside en tener éxito creando vidas sanas y felices para sus habitantes, y que ese bienestar integral sea sostenible y posible en el futuro.  Los resultados del estudio, que en 2012 se realizó por tercera vez, da que pensar: en la lista de 152 países, EEUU se quedan en el puesto 115, España en el puesto 72 y Alemania en el puesto 56. Entre los diez primeros, por otra parte, figuran nueve países latinoaméricanos, ocupando Costa Rica el primer puesto por segunda vez consecutiva.

Desde luego, las estadísticas no pueden reflejar la realidad al cien por cien. Su resultado depende tanto del planteamiento de las preguntas como de la elección de los participantes de un estudio. No obstante, la creación del IPF podría marcar el punto inicial de un cambio de paradigma. Tal vez, en un futuro, la sobrevaloración del poder económico podría llegar a sustituirse por un mayor aprecio de la solidaridad, la cooperación y el intercambio. Y la sostenibilidad tan necesaria para hacer posible el bienestar físico, emocional y social a larga plazo podría cobrar la importancia que le corresponde.

A día de hoy, la visión que representa el IPF parece ser una utopía. El colectivo humano, que tan superior se ve a otras especies, aun no ha conseguido focalizar su inteligencia y sus habilidades en superar los problemas políticos, sociales, culturales y medioambientales del siglo XXI.  Todo lo contrario. Cueste lo que cueste, se mantiene el paradigma de la riqueza material como garante del bienestar. Paradójicamente, los omnipresentes esloganes publicitarios ya no describen los productos que alaban sino que hablan de vivencias positivas y divertimiento.

Dicen diversos investigadores que la felicidad se puede aprender.  Pero, ¿Quién nos puede enseñar a ser felices? Podríamos echar un vistazo al reino animal: Los monos Bonobo, por ejemplo, tienen un comportamiento social muy particular. A pesar de que su entorno natural se disminuya cada día por el tamaño de cuatro campos de futbol comparten su comida con extraños. Piden algo a cambio, eso sí: les encantan las caricias y los mimos. Y buscan estrategias para satisfacer ese deseo siempre que puedan. Un proceder inteligente, pues al compartir lo que tienen los monos Bonobo multiplican su felicidad .



Diseño: Matriot
Fuente: Wiki-Commons

Surfing Fukushima

Sitios clásicos de surf, rincones secretos y exquisitos… ¿Quién pensaría en una catástrofe nuclear al leer estas palabras? Aun así, las escribió un desesperado surfista en una carta al Surfers Journal después de que un Tsunami arrollara las costas del norte de Japón, y destrozara gran parte de la central nuclear de Fukushima.  Todavía se recuerdan las imágenes de la explosión de hidrógeno que dieron la vuelta al mundo tras el 11 de marzo de 2011. Y todavía resuena el grito de sorpresa unánime que alzaron políticos y lobbistas en todas partes ante el “inesperado poder de la naturaleza”.  Un exclamo, que fue agua para el molino de los medios de comunicación, que hablaban de “un accidente nuclear inevitable” causado por el “el mayor terremoto jamás registrado en Japón”.

Hablando de terremotos, sacar conclusiones comparativas acerca de su magnitud resulta complicado, ya que los métodos y las medidas para analizar la actividad sísmica se han ido modificando con el tiempo. Asimismo, no es por nada que la palabra “Tsunami” sea de origen japonés. En 1923, por ejemplo, el gran sismo de Kantó, que golpeó Tokio seguido por un Tsunami, destrozó cuatrocientas mil casas y mató a más de ciento cuarenta mil personas.  Y basta con echar un vistazo a la página web de la Agencia Meteorológica de Japón, y a su crónica de sismos, para convencerse de que los temblores de la tierra son habituales en el país nipón.  De hecho, los terremotos y los Tsunamis son tan asiduos que forman parte de la mitología japonesa. Los representa la figura del siluro gigante Namazu, que según se relata vive en el barro debajo de la superficie de la tierra. Como pez gato que es, Namazu se menea mucho. Cada vez que pega un coletazo, la tierra se agita terriblemente, y sólo el dios Kashima, que vela por el monstruo inquieto, puede impedir los temidos temblores. Continuamente, Namazu busca engaitar a Kashima y, en cuanto la deidad se despiste, ya nadie le protege a la gente nipona. Por eso, en Japón las señales de aviso que indican las rutas de evacuación en caso de terremoto llevan la imagen de un siluro.

Hablando del desastre nuclear más reciente, la planta de Fukushima fue diseñada por la empresa estadounidense General Electric pensando en fenómenos meteorológicos que son habituales en EEUU. Por ende, no estaba construida para hacer frente a terremotos o Tsunamis, sino para afrontar tornados y huracanes. La muralla de hormigón que separaba las instalaciones del Océano Pacífico ni siquiera alcanzaba seis metros. El Tsunami provocado por el terremoto del 11 de marzo de 2011, no obstante,  alcanzó más de catorce metros, y arrancó o destrozó las bombas del sistema de refrigeración en cuestión de minutos.  También tiró las puertas de las casas de fuerza abajo e inundó los sótanos donde se encontraban los trece grupos electrógenos de gasoil.  Al instante, doce de éstos quedaron fuera de servicio por un cortocircuito, y ya no se disponía de suministro eléctrico para los sistemas de refrigeración de emergencia. En consecuencia, fallaron otros sistemas, de modo que se produjo una explosión en el edificio del reactor 2, y luego la espectacular explosión de hidrógeno que destrozó los bloques que contenían los reactores 1, 3 y 4. Expertos sospechan que esa última explosión posiblemente podría haberse evitado. Según afirman, el sistema para la regulación de la presión no fue adecuado, ya que las válvulas de los depósitos de seguridad, que habitualmente han de soportar fuertes aumentos de presión, reventaron demasiado pronto.[1]

Según informa Greenpeace, ya durante la fase de construcción del complejo de Fukushima ingenieros japoneses criticaron las deficiencias de los sistemas para controlar el proceso de la fusión nuclear. Sin embargo, por no incrementar gastos, la operadora de las instalaciones, TEPCO (Tokio Electric Power Company), hizo caso omiso a las objeciones de los profesionales. Esa decision de ahorrar en medidas de seguridad seguramente fue favorecida por los convenios de responsabilidad civil por daños nucleares, que protegen a los operadores, los proveedores y los inversores de esta rama de la industria energética. Así, la mayor compañía eléctrica de Asia no disponía de un seguro adecuado para afrontar los costes de la tragedia atómica, que actualmente se estiman en unos 250 mil millones de dólares.  De modo que, a mediados de 2012, TEPCO fue nacionalizada para evitar su bancarrota y, una vez más,  los contribuyentes han de pagar la factura de un accidente atómico.

A día de hoy, y debido a su desastroso estado, la planta de Fukushima Dai-Ichi sigue en estado crítico, y contaminando el medioambiente. Así, a mediados de febrero de 2013, TEPCO informó de que un bacalao largo capturado en la zona contenía 510.000 bequereles de cesio 134 y de cesio 137.  Aunque en Fukushima sólo se liberara un pequeño porcentaje del potencial total, es el nivel más alto de contaminación radiactiva jamás detectado en pescado, y a 5100 veces mayor que los niveles máximos fijados por el gobierno japonés. Estimar la dimensión de las consecuencias de semejante desastre nuclear resulta prácticamente imposible, según afirma el experto en energía nuclear Mycle Schneider.  Lo mismo opina el médico francés Michel Fernex. Refiriéndose al siniestro nuclear de Chernóbil en el 1986, denota que muchos de los afectados ni siquiera han nacido a día de hoy. Los responsables políticos, institucionales y de la industria nuclear, sin embargo, hasta el momento apenas han apoyado las investigaciones sobre los efectos de las dosis bajas de radiación ionizante a largo plazo. De lo contrario, la Escala Internacional de Eventos Nucleares, que sirve para clasificar la gravedad de un accidente atómico, se basa la dimensión del impacto inmediato.

Hoy, en el norte de Japón, no sólo surfear es la memoria de un sueño.  Hay millones de personas que aún viven en zonas contaminadas, y  más de 160.000 refugiados nucleares que nunca volverán a sus hogares, a sus negocios o trabajos, a sus lugares preferidos. Poco se nota de ellos en Europa. Pero, aquí como allá, hay empresas e instituciones que siguen enriqueciéndose del irresponsable manejo del modelo energético más arriesgado que se conoce. Aquí como allá, sigue cuajando el marketing de ideas que vende el mito de la seguridad de la energía nuclear, y la creencia de que ese modelo energético es imprescindible. Tal vez sea así porque la vida gira en torno al consumo de energía en nuestra sociedad de la información. Que también es una sociedad del riesgo global, dispuesta a convivir habitualmente con las crisis ecológicas que provocan los diversos modelos energéticos. Hemos visto más de una vez que el precio del uso de la energía nuclear es impagable. Fukushima lo ha mostrado, al igual que lo muestran los desastres de Chernóbil, de Sellafield, y otros.  Definitivamente, ya es hora de darse cuenta de que la electricidad no sale del enchufe como por arte de magia, y de preguntar por las consecuencias de nuestros hábitos de consumo.  La foto publicada junto a la carta de Fukushima en el Surfers Journal lo recuerda de manera dolorosa. Muestra un surfista dejándose llevar por las deliciosas olas sin preocuparse por la central nuclear a sus espaldas. Sólo falta la famosa canción de los Bee Gees como música de fondo, aunque con letras distintas: Surfing Fukushima.


Kashima controla Namazu
Fuente: Wikimedia Commons

[1] Spektrum Direkt, Fukushima auch in Deutschland?, 30.7.2011, p. 6-10

 

Nota de la autora: Pido perdón por ofrecer tantos enlaces en Inglés, o Alemán. Resulta difícil encontrar alguna información en castellano.