Marketing de guerra, venta de ideas

A mediados de septiembre, el informe de los inspectores de la ONU sobre un supuesto ataque con gas Sarín en la localidad de Ghouta, en Siria, estaba pendiente de salir. Estados Unidos y Rusia, no obstante, ya se apresuraron a instar a Damasco a entregar su arsenal de armas químicas a la comunidad internacional. Una semana más tarde, el presidente sirio Bashar al Assad se comprometió a cumplir con el acuerdo promovido por Rusia y Estados Unidos para destruir el arsenal químico de su país. Entre tanto, el ruido mediático ahogaba las voces que dudaban de que fuera el gobierno sirio quien ordenara el ataque con armamento proscrito internacionalmente.  

La amenaza de una guerra de ataque contra Siria promovida por Estados Unidos ha provocado un bombardeo de noticias. Los titulares, que apuntan directamente a las áreas cerebrales responsables del miedo y de la emotividad del receptor, son de fuerte impacto. Se graban en la imagen de la realidad del individuo y, sin que éste se percate de ello, pueden alterar su capacidad de juicio considerablemente. De ese modo, se produce  una dinámica de repetición y propagación masiva. Los interesados en vender el cuento de que Siria es “el malo”, mientras Rusia y Estados Unidos son “los salvadores” sólo tienen que invertir un primer impulso. Y los mass media, en manos de empresas multinacionales al servicio del nuevo orden mundial, son los más dispuestos multiplicadores de ese marketing de ideas. Que es marketing viral, contagioso por basarse en la ansiedad de titulares notorios. Y es marketing de guerrilla por disfrazarse de “información imparcial”a la vez que manipula la psique humana en vez de facilitar un juicio con criterio.

Es cierto que Siria pertenece al grupo de los cinco países que no han ratificado la Convención sobre Armas Químicas. Pero también es un hecho que muchos de los países que la han firmado, y ratificado, siguen disponiendo de  armamento de destrucción masiva de ese tipo. La situación actual, no obstante, resulta difícil de averiguar: el último informe sobre las instalaciones declaradas e inspeccionables en los 189 países firmadores de la Convención se refiere al año 2009.  Lo que sí se sabe es que naciones partes de la convención -como Estados Unidos, Rusia, India, Iraq y Albania- han declarado poseer armas químicas.

Al introducir “arma química” y “producción” en Google aparece un sinnúmero de enlaces relacionados con el ataque de Ghouta, pero no se encuentran índices que aclaren la proveniencia del gas Sarin. Quien procede a la búsqueda en alemán, no obstante, enseguida encuentra un artículo del semanal “Der Focus que nombra la empresa multinacional Monsanto, del grupo Rockefeller, como mayor productor de gas tóxico del mundo. Monsanto, junto a empresas como Dow Chemical y otras, lleva trayectoria como proveedor de armas de destrucción masiva: también produjo el Agente Naranja (Agent Orange), que EE.UU usaron para destrozar selvas y campos durante la guerra de Vietnam. El gas Sarín, por otra parte, fue inventado por científicos que trabajaban para la IG Farben en la Alemania nacionalsocialista, una conglomeración de compañías químicas que también poseía la patente del Zyklon B, el gas tóxico de los campos de concentración alemanes.

A principios de los años 1990, el gobierno estadounidense fue acusado, junto al gobierno británico, de apoyar el programa de armas químicas y biológicas de Irak mediante la venta de productos químicos y de tecnología.Irak, en cambio, ha empleado armas químicas de forma masiva durante la  guerra contra Iran entre 1980 y 1988 según informa la revista “The Non-Proliferation  Review.   Así, el 16 de marzo de 1988, aviones de las fuerzas aéreas iraquíes atacaron la localidad kurdo iraquí de Halabja  con gas mostaza, sarín y otros agentes nerviosos.   Murieron miles de personas, pero la comunidad internacional cubrió la masacre con un velo de silencio. La mayoría de las víctimas eran de origen curdo, un pueblo sin país que no tiene lobby en los gremios internacionales. Por otro lado, Rusia fue acusado de emplear armas quimicas durante la guerra de Chehencia. Y, en 2002,  fuerzas rusas de operaciones especiales emplearon gases tóxicos para  liberar los rehenes de un comando checheno que había ocupado un teatro moscovita.

Evidentemente, sobre todo los así llamados países “desarrollados”, pero también potencia como Rusia o China, disponen de la tecnología y de los medios necesarios para producir armas de todo tipo. La volatilidad de las noticias mediáticas, que borra el recuerdo de guerras y crímenes contra la humanidad pasadas, beneficia ese negocio con la muerte y la crueldad. Y el marketing de ideas, que en occidente ha venido a reemplazar la propaganda bélica de otros tiempos, en un abrir y cerrar de ojos vende una guerra de ataque cruel e inhumana como guerra de defensa limpia y estética, cuyos “daños colaterales” son de menor importancia. Pero ninguna guerra es “limpia”, cada “daño colateral” destroza una vida con sus amores, sus sueños y añoranzas, sus pesares y miedos, y toda guerra destapa las caras más sucias y terroríficas del ser humano, y de la humanidad.


Símbolo de armas químicas de destrucción masiva

 

 


La palabra en un mundo virtual

                En otros tiempos, todo el pueblo acudía corriendo para escuchar historias de hadas y dragones y, de paso, enterarse de las últimas novedades, cuando se corría la voz de la llegada del cuentacuentos. Los niños solían sentarse bien juntos en las primeras filas,  y una tensa espera daba volteretas por el aire. Sin apenas respirar, miraban aquel hombre de pico de oro vestido con  ropas curiosas.  Bastaba con la sutil muestra del juglar de querer destoserse, para que hasta los adultos se callaran y el silencio fuera tal que uno escuchaba el pálpito del propio corazón. Una y otra vez, fabulistas y cuentistas reinventaron la realidad a lo largo de los siglos. Algunas palabras se perdieron y otras nacieron. Hoy, los encantadores de serpientes están casi extinguidos  y apenas quedan cuentos para estrenar. Las noches compartidas y llenas de fantasía, que brillaban con la luz del fogón, se han sustituido por pantallas estériles.  Y, a menudo, solitarias. Las palabras valen cada vez menos, y han de recurrir a la imagen para poder persistir. En efecto, nuestra competencia lingüística, la piedra angular de nuestra capacidad de expresión y comprensión tanto verbal como escrita, corre un grave riesgo de extraviarse en el mundo virtual creado por los nuevos medios de comunicación.

                En la última década, el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) ha dado un salto vertiginoso hacia delante. La televisión tradicional va camino de convertirse en un relicto del pasado, dando lugar a dispositivos tecnológicos que permiten la interacción bidireccional sin límites de tiempo y espacio, como es el caso de Internet  y de los smartphones. Por otra parte, están los videojuegos, las  gameboys y las videoconsolas, cuyas imágenes animadas cautivan a  usuarios cada vez más jóvenes. “El típico adicto a este tipo de juegos, o junkie del joystick, es joven, inteligente y retraído y tiene entre quince y treinta años”, afirman  psiquiatras y psicólogos.  Y es indudable que esta triste realidad forma parte de las causas de las carencias léxicas y expresivas alarmantes de los alumnos, recogidas por los diversos informes PISA.

                Quizás esté mal visto cuestionar el valor de los avances tecnológicos. Al fin y al cabo, son fruto del conocimiento humano y simbolizan la evolución progresiva de nuestra especie. Sin embargo, sólo un número reducido de especialistas sabría construir un ordenador y la gran mayoría de las personas nos limitamos a apretar botones y teclas,  y a consumir lo que ofrece la pantalla. Quizás se considere una exageración augurar que, algún día no muy lejano, el ser humano podría llegar a subsistir sujeta al poder de las máquinas, en una sociedad con rasgos que se asimilan a los cuentos de ciencia ficción más estrambóticos. Pero es evidente que la transparencia de datos personales en el complejo mundo de las TIC no tiene nada que envidiar al Gran Hermano de la novela 1984. Luego, cabe plantear la posibilidad de que el argumento de la película Matrix, hilado en torno a la reducción del individuo a un objeto incomunicado cuyas vivencias son producto de una mentira virtual, podría alcanzar el mismo carácter premonitorio que la obra de George Orwell.

                Nadie puede ignorar los peligros que conlleva el potencial persuasivo de las TIC. La inauguración de diferentes clínicas especializadas  en el tratamiento de la adicción a Internet y a los videojuegos en los últimos años debería encender nuestras luces de alarma y motivar un mayor esfuerzo por el uso equilibrado de las nuevas tecnologías de la comunicación. “Hay jóvenes que no saben cómo hablar con alguien que tienen delante”, explica Keith Bakker, el director de la clínica para los adictos al videojuego de Amsterdam.  Es evidente que el abuso de las TIC  va de la mano del abandono por parte de los padres y de la falta de amigos. Las carencias comunicativas que resultan de esta  situación fácilmente darán pie a una pérdida progresiva de la capacidad comunicativa de la sociedad, que toma su punto de partida en los más jóvenes.

                Ante la preocupación por el futuro del lenguaje, la mirada se fija en las teorías sobre los mecanismos que contribuyen al aprendizaje y a la consolidación de nuestra competencia lingüística  como la condición sine qua non del proceso de nuestra interacción comunicativa. Existen opiniones muy controvertidas sobre este tema, que gira en torno al origen del lenguaje. Noam Chomsky, tal vez el lingüista más citado del siglo XX, representa uno de los puntos de vista más controvertidos.  Parte de la base de que el ser humano dispone de una gramática generativa, es decir, de unos conocimientos innatos sobre las reglas gramaticales y de la composición de palabras y frases. Esta herencia genética, según Chomsky, constituye la estructura básica de todas las lenguas. Otras teorías descartan el factor congénito y ven en la habilidad humana para crear idiomas la lógica consecuencia del pensamiento. Los estudios más recientes, en cambio, ponen un énfasis particular en la interacción social de las personas. Esta última concepción, que incide en la importancia del contacto con otras personas como base imprescindible de la calidad comunicativa verbal y escrita, es un denominador común de todas las teorías. Por consiguiente, un vez más se subraya la importancia que tienen los lazos afectivos para la calidad de nuestras formas de expresión.

Es obvio que las amplias posibilidades que ofrece la fotografía digital fomentan el potencial seductor de los nuevos medios de comunicación. Somos animales ópticos, como afirma el neuropsiquiatra italiano Federico Navarro, ya que un tercio de nuestras vías nerviosas están destinadas a los ojos.  Será por ello que, tan fácilmente, nos quedamos absorbidos por las pantallas que nos rodean y que invaden hasta los espacios más íntimos de nuestras casas. Internet, además de ofrecer imágenes y texto, permite establecer lazos comunicativos inmediatos con personas en cualquier parte del mundo. No obstante, si los contactos en la red no se complementan con una experiencia sensual y sensorial que abarca los cinco sentidos, serán superficiales e insatisfactorios.   En el mundo virtual reina el poder persuasivo de la imagen, poniéndose siempre en un primer plano, mientras que la palabra se queda atrás y, con ella, los aspectos cruciales para la comunicación humana:  el sonido de la voz, los estímulos del entorno, la sensación de  presencia y la cercanía.

                Ojalá sepamos cuidar la calidad de nuestras relaciones  y cultivar la riqueza del lenguaje, este tesoro de la humanidad, que durante mucho tiempo se veía como el producto del afán de compartir conocimiento. Pero no sólo la tecnología trae cambios. Según estudios bastante recientes, el habla no nació con la intención de perfeccionar ideas o inventos, sino del anhelo de atención, cariño y reconocimiento. En tiempos remotos de la edad del hielo, cuando las condiciones de vida eran increíblemente duras, los  hombres habían vuelto de la caza y la presa se había asado y compartido. La  hoguera chirriaba y el momento quería ser compartido, pero carecía de una herramienta de enlace. La necesidad de reafirmar la cohesión del grupo deseaba manifestarse, pero nadie sabía muy bien,  como expresarla. Entonces nacieron las primeras palabras. No expresaban conceptos de gran trascendencia. Sencillamente, representaban una forma bastante eficiente de cuidar las relaciones sociales: charlar un rato.  Porque la esencia de la condición humana necesita nutrirse compartiendo palabras. Tenemos mucha labia.