La meditación y el sueño del ´68

En 1968, los Beatles visitaron el Ashramde Maharishi Mahesh Yogi en Rishikesh,  ciudad también conocida como la Puerta del Himalaya. El grupo de Pop había acudido a un taller de Meditación Transcendental junto a unos sesenta participantes, entre ellos también Donovan, los Beach Boys  y otros músicos conocidos.  Fue la época del movimiento Hippie y del poder de las flores, del concierto de Woodstock y de  la película Easy Rider Un tiempo de aprendizajes revolucionarios,  de cambios profundos y de sueños atrevidos.

Los reportajes en los medios, que mostraban a John, Paul, George y Ringo con collares de flores, posiblemente fueran la primera gran oleada publicitaria a favor de las terapias orientales en occidente. Aun así, en aquellos tiempos de  la música psicodélica y de los viajes con LSD , la opinión pública reaccionó con escepticismo a una práctica mental que venía acompañada de líderes espirituales reencarnados y de rumores de Yoguis que levitan.

Con el tiempo, y conforme más personas se abrieron a experimentar técnicas de meditación, científicos de las universidades más diversas empezaron a interesarse por el tema. De modo que, a lo largo de las últimas décadas, numerosas investigaciones han indicado que la meditación tiene efectos positivos sobre la salud: Es un calmante natural que suaviza la experiencia subjetiva del dolor, y sirve para aliviar la depresión. Reduce la tensión arterial, el riesgo de diabetes  y de  infarto cardíaco. E incluso facilita la producción de anticuerpos, de modo que el sistema inmunológico resulta fortalecido.

Con todo ello, en nuestras latitudes,recién a principios de los años 1990  la imagen pública de la meditación empezó a mejorar. Fue el Dalai Lama,tal vez el líder espiritual más prestigioso del planeta, quien  emprendió una iniciativa que –tal vez sin querer- resultaría ser una estupenda estrategia de marketing. Junto a otros monjes tibetanos, empezó a cooperar con  neurocientíficos norteamericanos para verificar los efectos de la práctica Zen mediante técnicas de neuroimagen. Y, efectivamente: mientras los monjes practicaban el ejercicio diario, su cerebro desarrollaba actividades más allá de lo habitual.  Se incrementaba la emisión de ondas gamma, relacionadas con la agilidad mental y la memoria, y se intensificaba la actividad de las áreas cerebrales responsables de la empatía y de la sensación de felicidad.

Cabe mencionar que la meditación forma parte de las prácticas religiosas más diversas. De hecho, las técnicas meditativas y sus efectos son tan variopintas como las culturas de mundo. Así, los taoístas ejercen los movimientos suaves del Tai Chi para estimular la energía vital (o Chi) y su flujo por todo el cuerpo.  Los cristianos se arrodillan y hablan con dios para sentir su presencia y profundizar la confianza en lo divino. Y los budistas, por ejemplo, se sientan con las piernas cruzadas y centran la mente para buscar la experiencia de la sabiduría más allá del discurso racional.  Por otra parte, un estado meditativo puede surgir espontáneamente,y hasta inspirar ideas brillantes.Por ejemplo, al tomar una ducha, al mirar la puesta del sol o al disfrutar de una subida al monte. Son momentos que inducen la sensación del flow,  o “flujo”, ese estado también surge al meditar habitualmente, y añadiendo ingredientes como una respiración larga profunda  y el abandono a una actitud interior abierta y concentrada a la vez.  

Entrando al siglo XXI, la meditación cada vez  goza de mayor popularidad en occidente. Hoy día, puede desprenderse de las creencias religiosas y del esoterismo.  Y, en un mundo repleto de estímulos y prisas, satisface la necesidad de herramientas para afrontar mejor el estrés.   En consecuencia, más de una técnica de meditación  ha pasado a ser concebida como medida terapéutica para tratar las afecciones más diversas.

Meditando se abre la posibilidad de comunicarse con una fuente interior de energía y aguante. Se facilita la contemplación reflexiva y se entrenan actitudes mentales como la concentración o la empatía, y hasta puede inducirse un estado de éxtasis y placer, el samadhi, o nirvana. Pero los efectos de la meditación no sólo dependen de cada técnica en particular, sino que se producen en el contexto de las ideas y actitudes de quienes la practican. Así, la escuela del sufismo habla de “lidiar con la vida”,  los monjes Shaolin fusionan las ideas de la religión budista con las artes marciales de China y los sijes, o sikhs , por ejemplo, creen que su deber sagrado es defender a los débiles y proteger a los inocentes. Los hindúes, por otra parte, buscan dejar atrás el mundo material y conectarse con Brahman, la esencia de todo, que se encuentra en el universo entero. 

Los hijos de las flores del ´68, pioneros en popularizar las filosofías orientales en occidente,  soñaban con la paz mundial y con el amor libre. Y creían que esa utopía podría hacerse realidad al comunicarse muchos individuos con la mejor parte de su “Yo” mediante la meditación. Cabe duda, no obstante, de si las prácticas meditativas llegan a cambiar la personalidad de las personas, ya que las rigideces del carácter no se reblandecen fácilmente. Para poder modificar las creencias que están inscritas en nuestra coraza del carácter, y vivir tanto el propio ser como el entorno de una forma novedosa, es preciso adoptar puntos de vista que rompan esquemas. Ello supone adentrarse en terreno desconocido y, muy probablemente, necesitamos la ayuda incondicional y el apoyo empático de otros para atrevernos a dar semejante paso. En este sentido, quien se retira a un lugar recóndito, y se dedica a meditar durante toda la vida, tal vez tenga que renacer. Para seguir aprendiendo.



Flor meditativa

Fuente: Wikimedia Commons

La palabra en un mundo virtual

                En otros tiempos, todo el pueblo acudía corriendo para escuchar historias de hadas y dragones y, de paso, enterarse de las últimas novedades, cuando se corría la voz de la llegada del cuentacuentos. Los niños solían sentarse bien juntos en las primeras filas,  y una tensa espera daba volteretas por el aire. Sin apenas respirar, miraban aquel hombre de pico de oro vestido con  ropas curiosas.  Bastaba con la sutil muestra del juglar de querer destoserse, para que hasta los adultos se callaran y el silencio fuera tal que uno escuchaba el pálpito del propio corazón. Una y otra vez, fabulistas y cuentistas reinventaron la realidad a lo largo de los siglos. Algunas palabras se perdieron y otras nacieron. Hoy, los encantadores de serpientes están casi extinguidos  y apenas quedan cuentos para estrenar. Las noches compartidas y llenas de fantasía, que brillaban con la luz del fogón, se han sustituido por pantallas estériles.  Y, a menudo, solitarias. Las palabras valen cada vez menos, y han de recurrir a la imagen para poder persistir. En efecto, nuestra competencia lingüística, la piedra angular de nuestra capacidad de expresión y comprensión tanto verbal como escrita, corre un grave riesgo de extraviarse en el mundo virtual creado por los nuevos medios de comunicación.

                En la última década, el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) ha dado un salto vertiginoso hacia delante. La televisión tradicional va camino de convertirse en un relicto del pasado, dando lugar a dispositivos tecnológicos que permiten la interacción bidireccional sin límites de tiempo y espacio, como es el caso de Internet  y de los smartphones. Por otra parte, están los videojuegos, las  gameboys y las videoconsolas, cuyas imágenes animadas cautivan a  usuarios cada vez más jóvenes. “El típico adicto a este tipo de juegos, o junkie del joystick, es joven, inteligente y retraído y tiene entre quince y treinta años”, afirman  psiquiatras y psicólogos.  Y es indudable que esta triste realidad forma parte de las causas de las carencias léxicas y expresivas alarmantes de los alumnos, recogidas por los diversos informes PISA.

                Quizás esté mal visto cuestionar el valor de los avances tecnológicos. Al fin y al cabo, son fruto del conocimiento humano y simbolizan la evolución progresiva de nuestra especie. Sin embargo, sólo un número reducido de especialistas sabría construir un ordenador y la gran mayoría de las personas nos limitamos a apretar botones y teclas,  y a consumir lo que ofrece la pantalla. Quizás se considere una exageración augurar que, algún día no muy lejano, el ser humano podría llegar a subsistir sujeta al poder de las máquinas, en una sociedad con rasgos que se asimilan a los cuentos de ciencia ficción más estrambóticos. Pero es evidente que la transparencia de datos personales en el complejo mundo de las TIC no tiene nada que envidiar al Gran Hermano de la novela 1984. Luego, cabe plantear la posibilidad de que el argumento de la película Matrix, hilado en torno a la reducción del individuo a un objeto incomunicado cuyas vivencias son producto de una mentira virtual, podría alcanzar el mismo carácter premonitorio que la obra de George Orwell.

                Nadie puede ignorar los peligros que conlleva el potencial persuasivo de las TIC. La inauguración de diferentes clínicas especializadas  en el tratamiento de la adicción a Internet y a los videojuegos en los últimos años debería encender nuestras luces de alarma y motivar un mayor esfuerzo por el uso equilibrado de las nuevas tecnologías de la comunicación. “Hay jóvenes que no saben cómo hablar con alguien que tienen delante”, explica Keith Bakker, el director de la clínica para los adictos al videojuego de Amsterdam.  Es evidente que el abuso de las TIC  va de la mano del abandono por parte de los padres y de la falta de amigos. Las carencias comunicativas que resultan de esta  situación fácilmente darán pie a una pérdida progresiva de la capacidad comunicativa de la sociedad, que toma su punto de partida en los más jóvenes.

                Ante la preocupación por el futuro del lenguaje, la mirada se fija en las teorías sobre los mecanismos que contribuyen al aprendizaje y a la consolidación de nuestra competencia lingüística  como la condición sine qua non del proceso de nuestra interacción comunicativa. Existen opiniones muy controvertidas sobre este tema, que gira en torno al origen del lenguaje. Noam Chomsky, tal vez el lingüista más citado del siglo XX, representa uno de los puntos de vista más controvertidos.  Parte de la base de que el ser humano dispone de una gramática generativa, es decir, de unos conocimientos innatos sobre las reglas gramaticales y de la composición de palabras y frases. Esta herencia genética, según Chomsky, constituye la estructura básica de todas las lenguas. Otras teorías descartan el factor congénito y ven en la habilidad humana para crear idiomas la lógica consecuencia del pensamiento. Los estudios más recientes, en cambio, ponen un énfasis particular en la interacción social de las personas. Esta última concepción, que incide en la importancia del contacto con otras personas como base imprescindible de la calidad comunicativa verbal y escrita, es un denominador común de todas las teorías. Por consiguiente, un vez más se subraya la importancia que tienen los lazos afectivos para la calidad de nuestras formas de expresión.

Es obvio que las amplias posibilidades que ofrece la fotografía digital fomentan el potencial seductor de los nuevos medios de comunicación. Somos animales ópticos, como afirma el neuropsiquiatra italiano Federico Navarro, ya que un tercio de nuestras vías nerviosas están destinadas a los ojos.  Será por ello que, tan fácilmente, nos quedamos absorbidos por las pantallas que nos rodean y que invaden hasta los espacios más íntimos de nuestras casas. Internet, además de ofrecer imágenes y texto, permite establecer lazos comunicativos inmediatos con personas en cualquier parte del mundo. No obstante, si los contactos en la red no se complementan con una experiencia sensual y sensorial que abarca los cinco sentidos, serán superficiales e insatisfactorios.   En el mundo virtual reina el poder persuasivo de la imagen, poniéndose siempre en un primer plano, mientras que la palabra se queda atrás y, con ella, los aspectos cruciales para la comunicación humana:  el sonido de la voz, los estímulos del entorno, la sensación de  presencia y la cercanía.

                Ojalá sepamos cuidar la calidad de nuestras relaciones  y cultivar la riqueza del lenguaje, este tesoro de la humanidad, que durante mucho tiempo se veía como el producto del afán de compartir conocimiento. Pero no sólo la tecnología trae cambios. Según estudios bastante recientes, el habla no nació con la intención de perfeccionar ideas o inventos, sino del anhelo de atención, cariño y reconocimiento. En tiempos remotos de la edad del hielo, cuando las condiciones de vida eran increíblemente duras, los  hombres habían vuelto de la caza y la presa se había asado y compartido. La  hoguera chirriaba y el momento quería ser compartido, pero carecía de una herramienta de enlace. La necesidad de reafirmar la cohesión del grupo deseaba manifestarse, pero nadie sabía muy bien,  como expresarla. Entonces nacieron las primeras palabras. No expresaban conceptos de gran trascendencia. Sencillamente, representaban una forma bastante eficiente de cuidar las relaciones sociales: charlar un rato.  Porque la esencia de la condición humana necesita nutrirse compartiendo palabras. Tenemos mucha labia.

Un Paradigma del Planeta Feliz

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”, dijo Oscar Wilde. Pero, ¿qué es la felicidad? A esa pregunta, que desde siempre le preocupa al ser humano, la filosofía ofrece respuestas tan variopintas como las culturas del mundo. Así, ya en la antigua Grecia había posturas muy controvertidas respecto del tema. Mientras Aristoteles describió la felicidad como estado de autorealización ligado a la virtud, Epicuro propuso la búsqueda del placer, sobre todo espiritual. Y los estoicos opinaron que ser feliz supone ser autosuficiente y valerse por sí mismo sin depender de nada ni de nadie. La mayoría de las religiones, por otra parte, promete la felicidad mediante la unión con dios. De ahí que los cirstianos buscan la salvación, los musulmanes eligen el camino del creyente y los hindúes y budistas anhelan el Samadhi.

Con el paso del tiempo, la religión y la filosofía han venido a supeditarse a la ciencia en muchos ámbitos culturales. No es de extrañar, pues, que también la psicología y las neurociencias hayan empezado a estudiar las condiciones para ser, o sentirse, feliz.  En las últimas décadas, los investigadores han observado cuáles son los áreas cerebrales y los mecanismos hormonales relacionados con las emociones positivas, han medido las respuestas del cerebro a determinados estímulos y han realizado numerosas encuestas y experimentos.  Entre sus conclusiones destaca que, siempre y cuando las necesidades básicas estén cubiertas, las vivencias hacen más felices que la riqueza material. No obstante, uno de los pioneros de la Psicología Positiva, Martin Seligman, afirma que el término “felicidad” no es demasiado útil científicamente hablando. En cambio, propone los conceptos de la emoción positiva, la empatía con las personas y la entrega a las acciones que se realizan, así como ser consciente de su significado.  Una visión que ya se veía reflejada en una cita de Wilhelm Reich, psiquiatra y pionero de la sexología en los años 1930: “El amor, el trabajo y el conocimiento son las fuentes de nuestra vida. Deberían también gobernarla.”

Evidentemente, la busqueda de la felicidad es un motor importante de la actuación humana, de modo que incide también en las actividades económicas de una sociedad.  Sin embargo, para definir el grado de prosperidad de una nación, habitualmente se computan el producto interno bruto alcanzado y el crecimiento económico, ambos valores sumamente apreciados por la economía de libre mercado. Pero los tiempos cambian, y en los últimos años han surgido modelos que inlcuyen la felicidad en la lista de los indicadores del progreso. Destaca el Índice del Planeta Feliz (IPF), o Happy Planet Index (HPI), como único modelo que, además, considera la sostenibilidad al analizar el desarrollo de los paises. Califica la relación entre los recursos empleados y la huella ecológica por un lado, y el nivel de bienestar de las personas y la esperanza de vida por el otro. Según el creador del IPF, Nic Marks, el mayor logro de una nación reside en tener éxito creando vidas sanas y felices para sus habitantes, y que ese bienestar integral sea sostenible y posible en el futuro.  Los resultados del estudio, que en 2012 se realizó por tercera vez, da que pensar: en la lista de 152 países, EEUU se quedan en el puesto 115, España en el puesto 72 y Alemania en el puesto 56. Entre los diez primeros, por otra parte, figuran nueve países latinoaméricanos, ocupando Costa Rica el primer puesto por segunda vez consecutiva.

Desde luego, las estadísticas no pueden reflejar la realidad al cien por cien. Su resultado depende tanto del planteamiento de las preguntas como de la elección de los participantes de un estudio. No obstante, la creación del IPF podría marcar el punto inicial de un cambio de paradigma. Tal vez, en un futuro, la sobrevaloración del poder económico podría llegar a sustituirse por un mayor aprecio de la solidaridad, la cooperación y el intercambio. Y la sostenibilidad tan necesaria para hacer posible el bienestar físico, emocional y social a larga plazo podría cobrar la importancia que le corresponde.

A día de hoy, la visión que representa el IPF parece ser una utopía. El colectivo humano, que tan superior se ve a otras especies, aun no ha conseguido focalizar su inteligencia y sus habilidades en superar los problemas políticos, sociales, culturales y medioambientales del siglo XXI.  Todo lo contrario. Cueste lo que cueste, se mantiene el paradigma de la riqueza material como garante del bienestar. Paradójicamente, los omnipresentes esloganes publicitarios ya no describen los productos que alaban sino que hablan de vivencias positivas y divertimiento.

Dicen diversos investigadores que la felicidad se puede aprender.  Pero, ¿Quién nos puede enseñar a ser felices? Podríamos echar un vistazo al reino animal: Los monos Bonobo, por ejemplo, tienen un comportamiento social muy particular. A pesar de que su entorno natural se disminuya cada día por el tamaño de cuatro campos de futbol comparten su comida con extraños. Piden algo a cambio, eso sí: les encantan las caricias y los mimos. Y buscan estrategias para satisfacer ese deseo siempre que puedan. Un proceder inteligente, pues al compartir lo que tienen los monos Bonobo multiplican su felicidad .



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Fuente: Wiki-Commons