La ilusión del fin de la propia historia

El presente marca el fin de nuestro desarrollo personal. Esa visión limitada, que cada día surge de nuevo,  parece ser una constante en la percepción de muchas personas.  Según un grupo de investigadores de la Universidad de Harvard, que entrevistó a más de diecinueve mil personas de todas las edades, nos resulta difícil prever los cambios de nuestra personalidad en un futuro. El estudio, coordinado por Jordi Quoidbach, planteó preguntas tan sencillas como “¿Cuánto pagarías para ver tu grupo favorito de música?” Comparó de este modo la percepción que los participantes tenían de su evolución durante la pasada década, de su estado en el presente, y de su supuesto desarrollo en la década venidera. Y llegó a la conclusión de que casi todos sucumbimos a la ilusión del fin de la propia historia. Así, hace diez años una persona habría pagado cien Euros para ver a Joe Cocker. Hoy, sin embargo, tan sólo estaría dispuesta a pagar cincuenta. Y dentro de diez años, posiblemente,  ya ni acudiría a su concierto.

Es común tener proyectos, deseos o anhelos, sean el trabajo fijo, el móvil más moderno o la pareja que compagina perfectamente. Pero no solemos preguntarnos si  lo deseado podrá satisfacer a la persona que seremos cuando por fin lo logremos.  Desde luego, sabemos que los gustos y las preferencias cambian a lo largo de los años. Pero nos resulta sumamente difícil predecir las influencias que incidirán en nuestra evolución personal. De modo que la mayoría de los entrevistados creía que, en el futuro, seguiría siendo la misma persona. Respecto del pasado, sin embargo, sí que se solían advertir todo tipo de cambios personales.

Cabe decir que esa incapacidad de prever el desarrollo personal no sólo está sujeta a la capacidad de contacto con el propio ser, o a la dificultad para reconocer las obligaciones y auto-exigencias que inciden en las decisiones que tomamos. También están las influencias sociales y las condiciones económicas. Y, desde luego, los mensajes mediáticos y publicitarios, que a menudo buscan inducir necesidades artificiales. ¿Quién hubiera pensado hace diez años que el precio de la vivienda volvería a bajar tanto? Con la llegada del Euro se había extendido una especie de euforia esperanzadora, e incluso muchos expertos en economía se aferraban a la fe en un crecimiento espectacular. Pero lo que creció fue la burbuja inmobiliaria, y la euforia pasó pronto a convertirse en angustia  colectiva. Tal vez por ello, casi nadie cuestionó  las condiciones descabelladas de los créditos hipotecarios, que llegaban a los cincuenta años de duración, y alcanzaban letras mensuales  imposibles de afrontar a la larga. Por un lado, la Ley de Hipotecas española mantenía bajo el riesgo para los institutos financieros. Por otro lado, para los clientes suponía  un factor de riesgo añadido: aunque el banco se apropiara de la vivienda en el caso de impago de la letra tendrían que seguir  pagando la hipoteca entera.

Sea en lo emocional, sea ante la situación social o económica: las experiencias del pasado son un condicionante fuerte de la actitud ante el presente y el futuro. Y como el miedo tiene una función protectora, y todo ser vivo lucha por sobrevivir, las vivencias que han inducido miedo o angustia tienen un poder particular. Ese mecanismo queda particularmente evidente en los momentos de crisis: una vez metido en el marrón, parece que nunca habrá salida. Sumergido en la desesperación del presente, el pensamiento catastrófico mata toda proyección constructiva, y la angustia ahoga la esperanza. Creándose así un círculo vicioso del que no se escapa fácilmente.

A la vez, toda crisis conlleva el potencial de provocar cambios, y hasta  transformaciones revolucionarias. Pero también podría reforzar la necesidad de mantener el estado actual, y la tendencia de apoyarse en aquello que promete seguridad y constancia porque siempre ha estado ahí.  En la fuerte crisis económica que estamos viviendo, de momento, lo más seguro es que las diferencias entre ricos y pobres seguirán aumentando, y lo más constante son las promesas engañosas de los tomadores de decisión política. Sin embargo, los cambios son posibles. Siempre ocurren, y siempre se promueven, transformaciones de la historia personal y de la historia social y política. La ilusión del fin da propia historia puede impedir que actuemos. Pero, más allá de las limitaciones y más allá del miedo al futuro, hasta podríamos apropiarnos de la historia. O, al menos, tomar un trozo de ella en nuestras manos.

Marea Ciudadana contra el golpe de los mercados

Iniciativa legislativa popular(ILP) de los Afectados por la Hipoteca (PAH)