Surfing Fukushima

Sitios clásicos de surf, rincones secretos y exquisitos… ¿Quién pensaría en una catástrofe nuclear al leer estas palabras? Aun así, las escribió un desesperado surfista en una carta al Surfers Journal después de que un Tsunami arrollara las costas del norte de Japón, y destrozara gran parte de la central nuclear de Fukushima.  Todavía se recuerdan las imágenes de la explosión de hidrógeno que dieron la vuelta al mundo tras el 11 de marzo de 2011. Y todavía resuena el grito de sorpresa unánime que alzaron políticos y lobbistas en todas partes ante el “inesperado poder de la naturaleza”.  Un exclamo, que fue agua para el molino de los medios de comunicación, que hablaban de “un accidente nuclear inevitable” causado por el “el mayor terremoto jamás registrado en Japón”.

Hablando de terremotos, sacar conclusiones comparativas acerca de su magnitud resulta complicado, ya que los métodos y las medidas para analizar la actividad sísmica se han ido modificando con el tiempo. Asimismo, no es por nada que la palabra “Tsunami” sea de origen japonés. En 1923, por ejemplo, el gran sismo de Kantó, que golpeó Tokio seguido por un Tsunami, destrozó cuatrocientas mil casas y mató a más de ciento cuarenta mil personas.  Y basta con echar un vistazo a la página web de la Agencia Meteorológica de Japón, y a su crónica de sismos, para convencerse de que los temblores de la tierra son habituales en el país nipón.  De hecho, los terremotos y los Tsunamis son tan asiduos que forman parte de la mitología japonesa. Los representa la figura del siluro gigante Namazu, que según se relata vive en el barro debajo de la superficie de la tierra. Como pez gato que es, Namazu se menea mucho. Cada vez que pega un coletazo, la tierra se agita terriblemente, y sólo el dios Kashima, que vela por el monstruo inquieto, puede impedir los temidos temblores. Continuamente, Namazu busca engaitar a Kashima y, en cuanto la deidad se despiste, ya nadie le protege a la gente nipona. Por eso, en Japón las señales de aviso que indican las rutas de evacuación en caso de terremoto llevan la imagen de un siluro.

Hablando del desastre nuclear más reciente, la planta de Fukushima fue diseñada por la empresa estadounidense General Electric pensando en fenómenos meteorológicos que son habituales en EEUU. Por ende, no estaba construida para hacer frente a terremotos o Tsunamis, sino para afrontar tornados y huracanes. La muralla de hormigón que separaba las instalaciones del Océano Pacífico ni siquiera alcanzaba seis metros. El Tsunami provocado por el terremoto del 11 de marzo de 2011, no obstante,  alcanzó más de catorce metros, y arrancó o destrozó las bombas del sistema de refrigeración en cuestión de minutos.  También tiró las puertas de las casas de fuerza abajo e inundó los sótanos donde se encontraban los trece grupos electrógenos de gasoil.  Al instante, doce de éstos quedaron fuera de servicio por un cortocircuito, y ya no se disponía de suministro eléctrico para los sistemas de refrigeración de emergencia. En consecuencia, fallaron otros sistemas, de modo que se produjo una explosión en el edificio del reactor 2, y luego la espectacular explosión de hidrógeno que destrozó los bloques que contenían los reactores 1, 3 y 4. Expertos sospechan que esa última explosión posiblemente podría haberse evitado. Según afirman, el sistema para la regulación de la presión no fue adecuado, ya que las válvulas de los depósitos de seguridad, que habitualmente han de soportar fuertes aumentos de presión, reventaron demasiado pronto.[1]

Según informa Greenpeace, ya durante la fase de construcción del complejo de Fukushima ingenieros japoneses criticaron las deficiencias de los sistemas para controlar el proceso de la fusión nuclear. Sin embargo, por no incrementar gastos, la operadora de las instalaciones, TEPCO (Tokio Electric Power Company), hizo caso omiso a las objeciones de los profesionales. Esa decision de ahorrar en medidas de seguridad seguramente fue favorecida por los convenios de responsabilidad civil por daños nucleares, que protegen a los operadores, los proveedores y los inversores de esta rama de la industria energética. Así, la mayor compañía eléctrica de Asia no disponía de un seguro adecuado para afrontar los costes de la tragedia atómica, que actualmente se estiman en unos 250 mil millones de dólares.  De modo que, a mediados de 2012, TEPCO fue nacionalizada para evitar su bancarrota y, una vez más,  los contribuyentes han de pagar la factura de un accidente atómico.

A día de hoy, y debido a su desastroso estado, la planta de Fukushima Dai-Ichi sigue en estado crítico, y contaminando el medioambiente. Así, a mediados de febrero de 2013, TEPCO informó de que un bacalao largo capturado en la zona contenía 510.000 bequereles de cesio 134 y de cesio 137.  Aunque en Fukushima sólo se liberara un pequeño porcentaje del potencial total, es el nivel más alto de contaminación radiactiva jamás detectado en pescado, y a 5100 veces mayor que los niveles máximos fijados por el gobierno japonés. Estimar la dimensión de las consecuencias de semejante desastre nuclear resulta prácticamente imposible, según afirma el experto en energía nuclear Mycle Schneider.  Lo mismo opina el médico francés Michel Fernex. Refiriéndose al siniestro nuclear de Chernóbil en el 1986, denota que muchos de los afectados ni siquiera han nacido a día de hoy. Los responsables políticos, institucionales y de la industria nuclear, sin embargo, hasta el momento apenas han apoyado las investigaciones sobre los efectos de las dosis bajas de radiación ionizante a largo plazo. De lo contrario, la Escala Internacional de Eventos Nucleares, que sirve para clasificar la gravedad de un accidente atómico, se basa la dimensión del impacto inmediato.

Hoy, en el norte de Japón, no sólo surfear es la memoria de un sueño.  Hay millones de personas que aún viven en zonas contaminadas, y  más de 160.000 refugiados nucleares que nunca volverán a sus hogares, a sus negocios o trabajos, a sus lugares preferidos. Poco se nota de ellos en Europa. Pero, aquí como allá, hay empresas e instituciones que siguen enriqueciéndose del irresponsable manejo del modelo energético más arriesgado que se conoce. Aquí como allá, sigue cuajando el marketing de ideas que vende el mito de la seguridad de la energía nuclear, y la creencia de que ese modelo energético es imprescindible. Tal vez sea así porque la vida gira en torno al consumo de energía en nuestra sociedad de la información. Que también es una sociedad del riesgo global, dispuesta a convivir habitualmente con las crisis ecológicas que provocan los diversos modelos energéticos. Hemos visto más de una vez que el precio del uso de la energía nuclear es impagable. Fukushima lo ha mostrado, al igual que lo muestran los desastres de Chernóbil, de Sellafield, y otros.  Definitivamente, ya es hora de darse cuenta de que la electricidad no sale del enchufe como por arte de magia, y de preguntar por las consecuencias de nuestros hábitos de consumo.  La foto publicada junto a la carta de Fukushima en el Surfers Journal lo recuerda de manera dolorosa. Muestra un surfista dejándose llevar por las deliciosas olas sin preocuparse por la central nuclear a sus espaldas. Sólo falta la famosa canción de los Bee Gees como música de fondo, aunque con letras distintas: Surfing Fukushima.


Kashima controla Namazu
Fuente: Wikimedia Commons

[1] Spektrum Direkt, Fukushima auch in Deutschland?, 30.7.2011, p. 6-10

 

Nota de la autora: Pido perdón por ofrecer tantos enlaces en Inglés, o Alemán. Resulta difícil encontrar alguna información en castellano.