El legado de Leetso

La herencia nuclear en el país de los Navajos

Entering Navajo Nation dice un cartel de carretera entre Farmington y Window Rock, en el país de las cuatro esquinas donde lindan Arizona, Colorado, Nuevo México y Utah. Entrando en la Nación de los Navajo, el pueblo indígena más numeroso de EE.UU, ya apenas se ven casas de piedra. Tampoco hay avenidas al estilo del salvaje oeste, que caracterizan muchas aldeas y ciudades en otras partes del suroeste estadounidense. En lugar de ello, se abre un extenso vacío. Humildes hogares resisten a sol y viento en llanuras desprotegidas y, aquí y allá, una casa remolque o de madera se acurruca en las faldas de una formación rocosa intrépida. A menudo, una caravana o un tráiler acompañan las viviendas solitarias. Y al lado del corral de ovejas aparcan coches veteranos y todoterrenos más jóvenes dando fe de que varias generaciones habitan el recinto.

“Los Navajo son amantes de la belleza del paisaje y de las buenas vistas. Encuentran extraña la afición del hombre blanco por las viviendas ostentosas”, relata Tony Hillerman, un escritor de novelas policiacas galardonado con el Premio para para los Amigos especiales de los Dineh. “Dineh” es el nombre original de los de los Navajos. Quiere decir “pueblo de humanos”, y también comprende el modo de vivir y pensar, así como el idioma, de esa tribu conocida en el mundo por su arte de la joyería. Diné Bikéyah (“El país de los Dineh”) es la más extensa de las reservas indias de EE.UU.  Se extiende por unos setenta kilómetros cuadrados de la Meseta del Colorado, del Gran Cañón al norte hasta Arizona Central en el sur. Alberga alrededor de doscientos cincuenta mil personas, e incluye la reserva de los Hopi con unos doce mil individuos. Uno de sus paisajes más emblemáticos es el Valle de los Monumentos, donde John Wayne, la famosa estrella vaquera de Hollywood, cabalgaba sembrando el odio contra los nativos americanos.

  Los guías de viaje recomiendan tomar cuatro litros de líquido al día en las tierras áridas de la Meseta del Colorado, donde las montañas cubiertas de nieve se consideran sagradas, pues la nieve es agua, y el agua trae bienestar. A pie de carretera, antiguos puestos de comercio aguardan al viajero. Y forman parte del paisaje numerosas ruinas milenarias, aun habitadas del espíritu de los Anazasi, posibles antepasados de los Hopi y de los Dineh.   El legado histórico salta al ojo en todas partes, y desvía la atención de otro tipo de herencia del pasado. Así, detrás del popular hotel de carretera Cameron Trading Post se esconde una planta de reciclaje de uranio abandonada. Y algo aparte del camino de tierra que atraviesa el monumento nacional Wupatki, una región de cerca de dos mil seiscientos yacimientos arqueológicos, se hallan pozos de minas de uranio abandonados. Son parte de los más de mil pozos abandonados que la ONG Forgotten Navajo People (“Pueblo Navajo olvidado”) ha contado en la zona. Y se suman a los alrededor de tres mil pozos perforados en busca de uranio en el Monumento de la Naturaleza del Cañón de Colorado, donde el Gobierno estadounidense puso en moratoria la apertura de nuevas explotaciones a partir 2012,  quedándose las minas ya existentes en el Parque Nacional exentas de la veda.

Ya a principios del siglo veinte, Marie Curie usaba el radio proveniente de la Meseta del Colorado para sus investigaciones. Algo más tarde, en los años cuarenta del mismo siglo, la minería masiva llegó a la región con el Proyecto Manhattan, que perseguía el fin de construir la bomba atómica antes de que lo hicieran los nacionalsocialistas alemanes. No hubo audiciones públicas ni medidas de protección medioambiental o de seguridad y, entre 1944 y 1986, la Peabody Coal Company  y otras compañías energéticas extrajeron cerca de cuatro millones de toneladas de uranio de las tierras de los Dineh. El Gobierno estadounidense, como cliente solvente y poderoso, fomentaba la explotación, declarando la región finalmente como Área Nacional de Sacrificio (National Sacrifice Area) a principios de los años 1980.

 “Llegaron, y empezaron a excavar sin decir nada. Y nunca pidieron permiso,” recuerda Elsie Tohannie. La anciana Dineh vive en Black Falls, una región particularmente contaminada. La alta radiactividad en la zona no sólo se debe a los más de cuarenta años de explotación minera. También es consecuencia de los ensayos nucleares en los desiertos de Nevada y Nuevo México a partir de 1945, que produjeron una extensa caída de cenizas radiactivas. Y del derrame del molino de uranio de la United Nuclear Corporation en Church Rock, en 1979, que junto al accidente en la central nuclear de Three Mile Island se considera el desastre nuclear más grave de la historia de EE.UU. 

A mediados del siglo veinte, el bajo índice de cáncer entre los Dineh fue objeto de un artículo científico titulado “La Inmunidad contra el cáncer entre los Navajo”. A día de hoy, no obstante, muchos miembros de la tribu han muerto víctimas del cáncer. Y las malformaciones y la muerte prematura de niños recién nacidos, así como las enfermedades renales, la leucemia y los tumores malignos de los órganos sexuales, superan la media estadounidense. A pesar de ello, el Acuerdo sobre la Recompensa de los Afectados por la Radiación (Radiation Exposure Compensation Act/RECA) sólo incluye a los trabajadores de minas y molinos de uranio y sus descendientes. Otras personas afectadas por la contaminación nuclear se denominan downwinder. Ese término viene a decir “a sotavento” del riesgo nuclear, y hace referencia a la suposición fomentada por la Lobby Nuclear de que la exposición prolongada a dosis relativamente bajas de radiación ionizante no tiene ningún efecto dañino sobre el organismo viviente.

“Para las empresas mineras, los Dineh eran como el canario en el pozo minero”, dice Marsha Monestersky, la secertaria de Forgotten Navajo People. “Cuando empieza a faltar aire, el pájaro se muere primero y toca la retirada.”  Pero la retirada resulta difícil en Diné Bikéyah, porque “allí donde el cordón umbilical está enterrado se encuentra el hogar de la persona”.  Tal vez por ello, los nómadas de antaño permanecen en viviendas a varias millas de la carretera, donde a menudo no hay ni agua ni luz eléctrica. El Río Colorado pasa cerca, pero sus aguas se llevan a ciudades como Las Vegas o Phoenix. Así, alrededor del treinta por ciento de la población de la reserva recurre a fuentes que no están reguladas. Beben su agua aunque sea radiactiva, se la dan al ganado y la usan para regar los campos. Por eso, Ronald Tohannie, el responsable del Proyecto de Agua de Black Falls, lleva agua potable a los hogares alejados. Su camión, que Forgotten Navajo People compró con dinero donado por un grupo eclesiástico de California, tiene una capacidad de unos dos mil litros. “Los amortiguadores sufren mucho,” dice Tohannie, “y a veces el vehículo se avería.” Por eso, arregla coches, y con el dinero que gana cubre los gastos en repuestos y gasolina.

Recién en el 2005, el Gobierno de la Nación de los Navajo prohibió la minería de uranio en sus tierras, donde se habían acumulado alrededor de cien millones de toneladas de basura nuclear. Unos años después, en 2008, la Agencia de Protección Medioambiental de EE.UU (Environmental Protection Agency, o EPA) aprobó un plan de cinco años para limpiar Diné Bikéyah de los residuos radiactivos en cooperación con la Agencia Medioambiental de la Nación de los Navajo (Navajo Nation Environmental Protection Agency, o NNEPA).    Desde entonces, más de ochenta casas contaminadas se demolieron y reconstruyeron, la infraestructura para proveer a la población de agua potable se amplió y se retiraron decenas de miles de toneladas de suelo contaminado. Aun así, la evaluación oficial de las medidas, publicada enero de 2013, concluye que “es preciso seguir la labor por reducir los riesgos medioambientales y de salud”, y que “hacen falta soluciones a largo plazo para los problemas relacionados con uranio que permanecen en el país de los Navajos”.

Dado que el setenta por ciento de los recursos de uranio que siguen sin explotar en el planeta se encuentra en tierras indígenas, la cumbre mundial de pueblos indígenas exige desde hace años la prohibición de la extracción de minerales que contengan uranio en todo el mundo. A día de hoy, las minas de uranio siguen siendo terreno desconocido en el mapa de los riesgos que conlleva la energía nuclear. A menudo, se encuentran en regiones poco pobladas, y se explotan sin ningún tipo de medidas de protección. Pero los pozos, molinos y depósitos desprenden sustancias tóxicas como el radón, que ni se huele ni se ve, y cuando una mina se abandona, los basureros de residuos radiactivos suelen permanecer en el lugar. Una vez extraído el mineral, de la molienda resulta un polvo amarillo que la  industria nuclear bautizó con el nombre Yellow Cake, o “bizcocho amarillo”. Los Dineh, sin embargo, lo llaman Leetso, “mugre amarilla”. Para ellos, Leetso forma parte del monstruo que ven en la energía nuclear. Un monstruo que debe matarse, porque representa “la extrema falta de respeto que muestra la sociedad industrial moderna por aquello que las sociedades indígenas aprecian y cuidan: la Madre Tierra y la Gente-de-cinco-Dedos”. Y Hozho, hacer elecciones constructivas que reafirman la vida, y curan de las intenciones y decisiones destructivas para uno mismo y para los demás.

Coche en el desfile del Western Navajo Nation Fair (Tuba City, Arizona)

Project Pueblo – al servicio de zonas empobrecidas

Project Pueblo es una organización estudiantil y de voluntarios que trabaja para obtener fondos y prestar servicios para zonas empobrecidas. Actualmente, apoya sobre todo el Bennett Freeze Área. Durante más de medio siglo, el así llamado Bennett Freeze prohibía cualquier tipo de obra de construcción en un área de unos 810.000 hectáreas de la Reserva de los Navajos. Viviendas se quedaron se renovar sus techos, y escuelas sin caminos de acceso.  La orden, abrogada por Barack Obama en 2009, debe su nombre al comisario de la Oficina de Asuntos de Nativos Estadounidenses (Bureau of Indian Affairs), Robert Bennett, sobre una región objeto de disputa entre las tribus Navajo y Hopi. Esa región, además, sufre de las consecuencias de la minería de uranio. Project Pueblo copera con Forgotten Navajo People, que lleva luchando contra la injusticia y la pobreza desde hace veinte años.

http://www.projectpueblo.org/