La palabra en un mundo virtual

                En otros tiempos, todo el pueblo acudía corriendo para escuchar historias de hadas y dragones y, de paso, enterarse de las últimas novedades, cuando se corría la voz de la llegada del cuentacuentos. Los niños solían sentarse bien juntos en las primeras filas,  y una tensa espera daba volteretas por el aire. Sin apenas respirar, miraban aquel hombre de pico de oro vestido con  ropas curiosas.  Bastaba con la sutil muestra del juglar de querer destoserse, para que hasta los adultos se callaran y el silencio fuera tal que uno escuchaba el pálpito del propio corazón. Una y otra vez, fabulistas y cuentistas reinventaron la realidad a lo largo de los siglos. Algunas palabras se perdieron y otras nacieron. Hoy, los encantadores de serpientes están casi extinguidos  y apenas quedan cuentos para estrenar. Las noches compartidas y llenas de fantasía, que brillaban con la luz del fogón, se han sustituido por pantallas estériles.  Y, a menudo, solitarias. Las palabras valen cada vez menos, y han de recurrir a la imagen para poder persistir. En efecto, nuestra competencia lingüística, la piedra angular de nuestra capacidad de expresión y comprensión tanto verbal como escrita, corre un grave riesgo de extraviarse en el mundo virtual creado por los nuevos medios de comunicación.

                En la última década, el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) ha dado un salto vertiginoso hacia delante. La televisión tradicional va camino de convertirse en un relicto del pasado, dando lugar a dispositivos tecnológicos que permiten la interacción bidireccional sin límites de tiempo y espacio, como es el caso de Internet  y de los smartphones. Por otra parte, están los videojuegos, las  gameboys y las videoconsolas, cuyas imágenes animadas cautivan a  usuarios cada vez más jóvenes. “El típico adicto a este tipo de juegos, o junkie del joystick, es joven, inteligente y retraído y tiene entre quince y treinta años”, afirman  psiquiatras y psicólogos.  Y es indudable que esta triste realidad forma parte de las causas de las carencias léxicas y expresivas alarmantes de los alumnos, recogidas por los diversos informes PISA.

                Quizás esté mal visto cuestionar el valor de los avances tecnológicos. Al fin y al cabo, son fruto del conocimiento humano y simbolizan la evolución progresiva de nuestra especie. Sin embargo, sólo un número reducido de especialistas sabría construir un ordenador y la gran mayoría de las personas nos limitamos a apretar botones y teclas,  y a consumir lo que ofrece la pantalla. Quizás se considere una exageración augurar que, algún día no muy lejano, el ser humano podría llegar a subsistir sujeta al poder de las máquinas, en una sociedad con rasgos que se asimilan a los cuentos de ciencia ficción más estrambóticos. Pero es evidente que la transparencia de datos personales en el complejo mundo de las TIC no tiene nada que envidiar al Gran Hermano de la novela 1984. Luego, cabe plantear la posibilidad de que el argumento de la película Matrix, hilado en torno a la reducción del individuo a un objeto incomunicado cuyas vivencias son producto de una mentira virtual, podría alcanzar el mismo carácter premonitorio que la obra de George Orwell.

                Nadie puede ignorar los peligros que conlleva el potencial persuasivo de las TIC. La inauguración de diferentes clínicas especializadas  en el tratamiento de la adicción a Internet y a los videojuegos en los últimos años debería encender nuestras luces de alarma y motivar un mayor esfuerzo por el uso equilibrado de las nuevas tecnologías de la comunicación. “Hay jóvenes que no saben cómo hablar con alguien que tienen delante”, explica Keith Bakker, el director de la clínica para los adictos al videojuego de Amsterdam.  Es evidente que el abuso de las TIC  va de la mano del abandono por parte de los padres y de la falta de amigos. Las carencias comunicativas que resultan de esta  situación fácilmente darán pie a una pérdida progresiva de la capacidad comunicativa de la sociedad, que toma su punto de partida en los más jóvenes.

                Ante la preocupación por el futuro del lenguaje, la mirada se fija en las teorías sobre los mecanismos que contribuyen al aprendizaje y a la consolidación de nuestra competencia lingüística  como la condición sine qua non del proceso de nuestra interacción comunicativa. Existen opiniones muy controvertidas sobre este tema, que gira en torno al origen del lenguaje. Noam Chomsky, tal vez el lingüista más citado del siglo XX, representa uno de los puntos de vista más controvertidos.  Parte de la base de que el ser humano dispone de una gramática generativa, es decir, de unos conocimientos innatos sobre las reglas gramaticales y de la composición de palabras y frases. Esta herencia genética, según Chomsky, constituye la estructura básica de todas las lenguas. Otras teorías descartan el factor congénito y ven en la habilidad humana para crear idiomas la lógica consecuencia del pensamiento. Los estudios más recientes, en cambio, ponen un énfasis particular en la interacción social de las personas. Esta última concepción, que incide en la importancia del contacto con otras personas como base imprescindible de la calidad comunicativa verbal y escrita, es un denominador común de todas las teorías. Por consiguiente, un vez más se subraya la importancia que tienen los lazos afectivos para la calidad de nuestras formas de expresión.

Es obvio que las amplias posibilidades que ofrece la fotografía digital fomentan el potencial seductor de los nuevos medios de comunicación. Somos animales ópticos, como afirma el neuropsiquiatra italiano Federico Navarro, ya que un tercio de nuestras vías nerviosas están destinadas a los ojos.  Será por ello que, tan fácilmente, nos quedamos absorbidos por las pantallas que nos rodean y que invaden hasta los espacios más íntimos de nuestras casas. Internet, además de ofrecer imágenes y texto, permite establecer lazos comunicativos inmediatos con personas en cualquier parte del mundo. No obstante, si los contactos en la red no se complementan con una experiencia sensual y sensorial que abarca los cinco sentidos, serán superficiales e insatisfactorios.   En el mundo virtual reina el poder persuasivo de la imagen, poniéndose siempre en un primer plano, mientras que la palabra se queda atrás y, con ella, los aspectos cruciales para la comunicación humana:  el sonido de la voz, los estímulos del entorno, la sensación de  presencia y la cercanía.

                Ojalá sepamos cuidar la calidad de nuestras relaciones  y cultivar la riqueza del lenguaje, este tesoro de la humanidad, que durante mucho tiempo se veía como el producto del afán de compartir conocimiento. Pero no sólo la tecnología trae cambios. Según estudios bastante recientes, el habla no nació con la intención de perfeccionar ideas o inventos, sino del anhelo de atención, cariño y reconocimiento. En tiempos remotos de la edad del hielo, cuando las condiciones de vida eran increíblemente duras, los  hombres habían vuelto de la caza y la presa se había asado y compartido. La  hoguera chirriaba y el momento quería ser compartido, pero carecía de una herramienta de enlace. La necesidad de reafirmar la cohesión del grupo deseaba manifestarse, pero nadie sabía muy bien,  como expresarla. Entonces nacieron las primeras palabras. No expresaban conceptos de gran trascendencia. Sencillamente, representaban una forma bastante eficiente de cuidar las relaciones sociales: charlar un rato.  Porque la esencia de la condición humana necesita nutrirse compartiendo palabras. Tenemos mucha labia.

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