Un Paradigma del Planeta Feliz

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”, dijo Oscar Wilde. Pero, ¿qué es la felicidad? A esa pregunta, que desde siempre le preocupa al ser humano, la filosofía ofrece respuestas tan variopintas como las culturas del mundo. Así, ya en la antigua Grecia había posturas muy controvertidas respecto del tema. Mientras Aristoteles describió la felicidad como estado de autorealización ligado a la virtud, Epicuro propuso la búsqueda del placer, sobre todo espiritual. Y los estoicos opinaron que ser feliz supone ser autosuficiente y valerse por sí mismo sin depender de nada ni de nadie. La mayoría de las religiones, por otra parte, promete la felicidad mediante la unión con dios. De ahí que los cirstianos buscan la salvación, los musulmanes eligen el camino del creyente y los hindúes y budistas anhelan el Samadhi.

Con el paso del tiempo, la religión y la filosofía han venido a supeditarse a la ciencia en muchos ámbitos culturales. No es de extrañar, pues, que también la psicología y las neurociencias hayan empezado a estudiar las condiciones para ser, o sentirse, feliz.  En las últimas décadas, los investigadores han observado cuáles son los áreas cerebrales y los mecanismos hormonales relacionados con las emociones positivas, han medido las respuestas del cerebro a determinados estímulos y han realizado numerosas encuestas y experimentos.  Entre sus conclusiones destaca que, siempre y cuando las necesidades básicas estén cubiertas, las vivencias hacen más felices que la riqueza material. No obstante, uno de los pioneros de la Psicología Positiva, Martin Seligman, afirma que el término “felicidad” no es demasiado útil científicamente hablando. En cambio, propone los conceptos de la emoción positiva, la empatía con las personas y la entrega a las acciones que se realizan, así como ser consciente de su significado.  Una visión que ya se veía reflejada en una cita de Wilhelm Reich, psiquiatra y pionero de la sexología en los años 1930: “El amor, el trabajo y el conocimiento son las fuentes de nuestra vida. Deberían también gobernarla.”

Evidentemente, la busqueda de la felicidad es un motor importante de la actuación humana, de modo que incide también en las actividades económicas de una sociedad.  Sin embargo, para definir el grado de prosperidad de una nación, habitualmente se computan el producto interno bruto alcanzado y el crecimiento económico, ambos valores sumamente apreciados por la economía de libre mercado. Pero los tiempos cambian, y en los últimos años han surgido modelos que inlcuyen la felicidad en la lista de los indicadores del progreso. Destaca el Índice del Planeta Feliz (IPF), o Happy Planet Index (HPI), como único modelo que, además, considera la sostenibilidad al analizar el desarrollo de los paises. Califica la relación entre los recursos empleados y la huella ecológica por un lado, y el nivel de bienestar de las personas y la esperanza de vida por el otro. Según el creador del IPF, Nic Marks, el mayor logro de una nación reside en tener éxito creando vidas sanas y felices para sus habitantes, y que ese bienestar integral sea sostenible y posible en el futuro.  Los resultados del estudio, que en 2012 se realizó por tercera vez, da que pensar: en la lista de 152 países, EEUU se quedan en el puesto 115, España en el puesto 72 y Alemania en el puesto 56. Entre los diez primeros, por otra parte, figuran nueve países latinoaméricanos, ocupando Costa Rica el primer puesto por segunda vez consecutiva.

Desde luego, las estadísticas no pueden reflejar la realidad al cien por cien. Su resultado depende tanto del planteamiento de las preguntas como de la elección de los participantes de un estudio. No obstante, la creación del IPF podría marcar el punto inicial de un cambio de paradigma. Tal vez, en un futuro, la sobrevaloración del poder económico podría llegar a sustituirse por un mayor aprecio de la solidaridad, la cooperación y el intercambio. Y la sostenibilidad tan necesaria para hacer posible el bienestar físico, emocional y social a larga plazo podría cobrar la importancia que le corresponde.

A día de hoy, la visión que representa el IPF parece ser una utopía. El colectivo humano, que tan superior se ve a otras especies, aun no ha conseguido focalizar su inteligencia y sus habilidades en superar los problemas políticos, sociales, culturales y medioambientales del siglo XXI.  Todo lo contrario. Cueste lo que cueste, se mantiene el paradigma de la riqueza material como garante del bienestar. Paradójicamente, los omnipresentes esloganes publicitarios ya no describen los productos que alaban sino que hablan de vivencias positivas y divertimiento.

Dicen diversos investigadores que la felicidad se puede aprender.  Pero, ¿Quién nos puede enseñar a ser felices? Podríamos echar un vistazo al reino animal: Los monos Bonobo, por ejemplo, tienen un comportamiento social muy particular. A pesar de que su entorno natural se disminuya cada día por el tamaño de cuatro campos de futbol comparten su comida con extraños. Piden algo a cambio, eso sí: les encantan las caricias y los mimos. Y buscan estrategias para satisfacer ese deseo siempre que puedan. Un proceder inteligente, pues al compartir lo que tienen los monos Bonobo multiplican su felicidad .



Diseño: Matriot
Fuente: Wiki-Commons

2 pensamientos en “Un Paradigma del Planeta Feliz

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